Escrito por Manny E. González (manny@comoenla.com)
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(1914-1996)
Por Manny E. González (
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Cuando Marcelino Guerra se enamoró de la música, los sextetos de son ya se habían apoderado de las pistas de baile habaneras. Eran los años 20, y el sabroso son había brotado de las montañas orientales, consistiendo en varias franjas rítmicas ubicadas en una novedosa polirritmia que acentuaba los instrumentos percusivos. A ese son, la capital le aportó un tiempo más lento que le sirvió para liberarse de la rigidez estructural en que se hallaba sin perder ni expresión o sentimiento, y que le sirvió luego para sustentar líneas melódico-rítmicas del bolero y el cha-cha-chá, entre otras.
Marcelino nació en Cienfuegos, ciudad en la parte central de la isla, el 26 de abril de 1914. El más joven de cuatro hermanos y cuatro hermanas, su padre era soldado y su madre ama de casa, pero cuando solo tenía siete años (1921), sus padres murieron con sólo meses de diferencia, por lo que Juana, su abuela materna, se ocupó de criarlos a todos.
De su apodo, Guerra le relató al eminente musicólogo Cristóbal Díaz Ayala que cada vez que el novio de su hermana llegaba a visitarla, para sacarlo de la casa, le daban un medio (5 centavos) para que le comprara tres de azúcar y dos de café (3 centavos de azúcar y dos de café). “Yo corría a la bodega y regresaba en unos cuantos minutos. Un día, un señor vio lo rápido que corría y me dijo que yo corría como un ‘rapindey’, y el nombre se me quedó”.
Su amor por la música comenzó cuando a los 14 años empezó a presenciar los ensayos de un grupo local a unas puertas de su casa donde todos los viernes escuchaba –y se aprendía– las letras de temas popularizados por el Septeto Habanero. Una noche, el cantante del grupo no se apareció y el director musical del conjunto, un policía que era dueño del estudio, invitó a Rapindey a cantar. Así comenzó su carrera como vocalista.
A La Habana llegó Guerra en 1931 lleno de ambiciones y esperanzas como cantante principal del Septeto Cienfuegos cuando tenía 17 años, para presentarse en el cabaret Havana’s Infierno. Para esa estancia, los siete músicos rentaron un cuarto en un solar en la calle Amistad que sólo tenía cuatro catres, por lo que se tenían que turnar: cuatro en la cama y tres en el suelo. Después de un año, el grupo decidió regresar a Cienfuegos sin Rapindey, quien se quedó en La Habana trabajando en una satrería, entregando trajes por $1.25 al día.
El ambiente que encontró Rapindey en La Habana no podía ser mejor para sus propósitos, ya que algunos compositores habían comenzado a musicalizar versos de poetas que tenían la literatura como su mayor preocupación. En 1932, le presentaron a Julio Blanco Leonard, que además de ser bailarín, escribía versos. Juntos, sacaron muchos números, como la bellísima La clave misteriosa, estrenada por Pablo Quevedo en la CMQ con la orquesta de Cheo Belén Puig y con Reinaldo Hierrezuelo en la voz primera, mientras que Rapindey hacía la segunda.
Otra gran oportunidad que tuvo el novel autor fue ser apadrinado por Rafael Rebuifero, integrante del Sexteto Cauto, quien le enseñó a tocar la guitarra en medio de la revuelta popular de 1933 contra el dictador Gerardo Machado. Dotado de una buena voz, corpulento y jovial, ese mismo año se incorporó al Septeto Habanero en la academia de baile Havana Sport hasta que, poco después, Ignacio Piñeiro, el autor de tantos famosos sones, lo mandó a buscar, porque necesitaba la segunda voz de Marcelino en su exitoso Septeto Nacional.
En su entrevista con Díaz Ayala, Guerra recordó que hubo un tiempo en que muchas de las canciones que se escuchaban en la radio habanera eran de Blanco y de él. Las letras aparecían en folletos comerciales, por lo que las imprentas les pagaban regalías que ellos se dividieron durante meses, hasta que Blanco las cobró todas y se quedó con ellas. Cuando Rapindey lo confrontó y le pidió sus 5 pesos, Blanco le contestó: “Yo cobré por mis letras. Cuando las imprentas te publiquen tus partituras, entonces tú puedes cobrar tu parte”. Así fue que, depués de una lucrativa sociedad, ambos optaron por rumbos diferentes.
Ya reconocido como una de las mejores segundas voces del son cubano tradicional –donde la interpretación vocal en armonía era obligada–, su permanencia en segundo plano no puede obviar su participación en grupos como el antes mencionado Septeto Nacional, el Septeto Habanero, el Cuarteto Hatuey o junto a Evelio Machín, Compay Segundo y Lorenzo Hierrezuelo, así como sus colaboraciones tanto sobre un escenario como aportándole sus canciones a Beny Moré, Machito, Dizzy Gillespie, Tito Puente y el percusionista Chano Pozo.
Por eso, no es de extrañar que Rapindey compusiera Convergencia en 1938, con letra del místico y poeta bohemio Bienvenido Julián Gutiérrez, alcanzando un grado de refinamiento musical que ha ganado una página aparte en la creatividad de la canción cubana.
Para entonces, Rapindey ya había formado parte del Septeto Siboney, que amenizaba las noches del Casino Nacional, bajo la dirección del bajista Alfredito León. Dicho septeto dió la oportunidad de lucirse a un joven cantante de sonrisa franca que alcanzaría grandes éxitos; su nombre era Vicentico Valdés. Con el Sexteto Cauto, que dirigía Manuel Borguellá, cantó junto a Panchito Riset en el cabaret Sans Souci, y el famoso grupo femenino Anacaona le grabó otro extraordinario bolero, Maleficio, con letra de Blanco Leonard.
En 1938, Banguela, un bailarín del grupo Batamú, le pidió a Guerra que le agregara música a sus versos, que decían: “soy un chico delicado/ que nació para el amor/ este coche me ha estropeado/ pare en la esquina, señor…” Guerra, sin perder tiempo, compuso la música y la tituló Pare cochero. Ese tema le ha dado la vuelta al mundo, aunque de su liricista, Banguela, nunca más se oyó.
Ese mismo año, Guerra cantó con el conjunto de Arsenio Rodríguez, quien tenía un programa todos los días a las cinco de la tarde en la radioemisora Mil Diez, donde alternaba con el criollísimo Trío Matamoros, que le grabó, en 1940, el son Sandunguera. Cuando Rapindey dejó a Cuba en 1944 para grabar números propios en Nueva York, se notó inmediatamente su ausencia, porque faltó la mejor segunda voz. Los nuevos conjuntos sólo explotaban la voz prima del solista, abandonando poco a poco la vieja práctica de cantar en armonía.
Guerra entró en Estados Unidos con lo que entonces se llamaba “V 29”, una visa de turista de 29 días, cuya restricción dejó de lado quedándose en Nueva York. En la ciudad de los rascacielos, Machito y Mario Bauzá lo ayudaron a encontrar casa y trabajo, a veces cantando coros con la orquesta de Machito, hasta que Bauzá organizó una segunda versión de los Afro Cubans para Guerra, quien aceptó darle el 10% de su salario a Bauzá, el 10% a Machito y otro 10% al pianista Luis Varona, a quien Bauzá seleccionó como director musical de la nueva 2nd Afro Cubans.
En esa época, Rapindey recibía $25 y, despues de pagarle a Machito, Bauzá y Varona, se quedaba con $17.50. La 2nd Afro Cubans se presentaba los lunes y los martes en La Conga Club, noches en las que no se presentaban ni Machito ni José Curbelo.
En 1944, el departamento de inmigracion norteamericano le informó que, debido a su status, tenía que abandonar el país, por lo que Guerra regresó a Cuba, compró 20 temas originales, postuló para la residencia legal y regresó a Nueva York en el otoño del 45.
A su llegada, Luis Varona le propuso formar una orquesta en la que se dividieran las entradas mitad-mitad, oferta que Rapindey rehusó, respondiéndole que él iba a dirigir su propia orquesta sin socio alguno. Así, otro cubano, Frank Gilberto Ayala, se convirtió en el nuevo pianista, arreglista y director y, con sus 20 flamantes partituras y un conjunto de 12 músicos, Rapindey debutó en el Manhattan Odd Fellow’s Temple de la calle 106.
Ese mismo año, Luis Cueva fundó Verne Recording Company. Guerra firmó un contrato exclusivo con él y le grabó cuatro temas: Miedo de tí (bolero), Comparsa Barracón (guaracha), Impresión (bolero), y Dice mi gallo (guaracha).
En 1944, en Manhattan, Rapindey conoció al recién formado Trío Los Panchos, quienes inmediatamente hicieron suyo: “Me voy pal pueblo / hoy es mi día / voy a alegrar toda el alma mía”, un tema compuesto en momentos de nostalgia por su tierra lejana.
En enero de 1945, Coda Recording Company grabó Bruca Manigua, Tierra va temblá, Sin San Sore y Yenye con el Conjunto Rapindey y los temas Un poquito más, Sin comprender, Tu baila con ella y Mátala con el Sexteto Batamú, también propiedad de Rapindey.
La reputación de Guerra y su conjunto había llegado a la cima. Su banda tocaba sin cesar en los clubes más prestigiosos del Harlem Hispano y el Bronx, sitios como The Martinque, Lincoln Square Center, St. Nicholas Arena, y los bailes dominicales de Tico Tico en el Manhattan Center. Cualquier baile con los nombres de Machito y de Guerra juntos en la marquesina le garantizaban al promotor un lleno completo. Después de lanzar en 1946 para Verne el elepé Rumba rumbero, Guerra se convirtió en el músico más popular de Nueva York.
En 1950, un nuevo ritmo se apoderó tanto de los bailarines como de las audiencias, y para no quedarse atrás, Guerra incluyó mambos en su repertorio, hasta que en 1954, despues de tolerar durante años a músicos con problemas de alcohol y de drogas y el inherente racismo de varios de los clubes neoyorquinos que consideraban a sus músicos “muy negros”, Rapindey le dejó la orquesta al pianista Ayala y se enlistó en la Marina Mercante de los Estados Unidos, donde viajó y conoció muchas partes del mundo, algo que resulta irónico si escuchamos los versos de la segunda parte de Convergencia, su canción más conocida: “Madero de nave que naufragó / piedra rodando sobre sí misma / alma doliente vagando a solas / de playas solas, así soy yo/ La línea recta que convergió / Porque la tuya final vivió”.
En Madrid, Rapindey conoció a Julia, con la que se casó en 1967, y para pasar más tiempo con ella, abandonó la Marina Mercante y aceptó un puestro como trabajador de mantenimiento en el famoso Rockefeller Center, ganándose otros $150 por semana cantando los viernes, sábados y domingos en La Viña, un club cubano en Union City, New Jersey.
En el verano del 76, Mario Bauzá dirigía su propia orquesta. Convenció a Guerra de que liderara una banda otra vez y, para ello, le presentó al conguero Armando Sánchez, quien fue el primer músico del nuevo septeto de Rapindey, Son De La Loma. El grupo debutó el 15 de junio de ese mismo año, pero tras unas cuantas presentaciones, Guerra le dejó el septeto a Sánchez y se mudó a España con su esposa.
Retirado (aunque no olvidado) en El Campillo, pueblo español de Alicante, el corpulento vocalista –medía más de seis pies de estatura y pesaba más de 220 libras– recibió a los 82 años una oferta de Nube Negra, disquera que se especializaba en música internacional y que contaba entre sus artistas a Omara Portuondo y La Vieja Trova Santiaguera, Gema y Pavel y el Septeto Santiaguero, para grabarle un disco homenaje en el que podría cantar sus más grandes canciones como solista o como segunda voz para un grupo de viejos e ilustres amigos.
Desde su plácido retiro, Marcelino aceptó y sacó fuerzas para producir un increíble compacto en el que representantes de las viejas y nuevas generaciones de Cuba, desde Reinaldo Cregh hasta Reinaldo Hierrezuelo, pasando por Jacqueline Castellanos, Compay y Omara Portuondo, interpretan algunos de sus clásicos: Pare cochero, ¡Qué música más linda! y el apasionado bolero Fuiste cruel.
Luego de terminar el disco, que también incluye otros de sus famosos temas, como los boleros Convergencia, A mi manera, Pobre cantor, Maleficio y Volví a querer; las guajiras Buscando la melodía, Guajiro y Prietita; el guaguancó Cuando se canta bonito y los sones Oye mi son, La clave misteriosa y Sandunguera, la disquera le preparó un festival, donde Rapindey iba a cantar junto a Compay e Hierrezuelo. Pero no lo pudo hacer, porque falleció el 26 de junio de 1996.
Así y todo, la función- tributo fue un verdadero éxito, sobre todo cuando terminaron la función con Compay y sus Muchachos junto a Hierrezuelo, los que no se hablaban por cuatro décadas, cantando junto con todo el público el tema Me voy pa’l Pueblo y agregándole la estrofa: “cuando Rapindey escribió, la música cubana se vistió de primavera”. Y no mintieron.
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#1RE: MARCELINO GUERRA —
Eloy Gonzalo22-02-2011 12:16
El lugar de retiro de Marcelino es EL CAMPELLO, población costera de Alicante, donde su viuda aún sigue disfrutando de su música y su recuerdo. Saludos
Comentarios
Saludos
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