Es un día de sol y Willie Colón me espera en su casa, al norte de Nueva York, en la ciudad de New Rochelle. Su música siempre vivió conmigo y por momentos tengo la sensación de que voy a visitar a un viejo amigo para que me cuente de su vida, hasta cosas nunca antes reveladas.

EN CASA DE 'EL MALO'


WILLIE COLÓN HABLA DESDE LA INTIMIDAD DE SU CASA.

Por Mimi Ortiz Martin / Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Me recibe Ernesto Hernández, mexicano, su eficiente representante. En medio de la ocupada gira internacional que marca el retiro de su carrera artística de 40 años, Willie quiere hablarnos, desde la intimidad de su casa.


Camino por la sala y la terraza, esperándole. Es una residencia hermosa y muy amplia, decorada con sencillez por su esposa Julia May Craig, irlandesa, madre de tres de sus cuatro hijos, Diego (25), Miguel (21) y Antonio (17), con quien Willie formó un hogar desde 1991. Willie Jr. (38), su hijo mayor, es policía en Nueva York.

“He vivido las tragedias y algunas victorias. Mi obra musical tenía que pegar porque lleva consigo a gente de pueblo, gente de la esquina y con ella ese hilito bien fuerte, ese grito de verdad que une a Puerto Rico, a México, Perú, Panamá...”

Miguel, quien está aquí de vacaciones, pasa y me saluda, algo tímido. Toca trompeta y tiene sus mismos ojos.

Es fácil adivinar cuál es el rincón preferido de Willie: el piano donde compone, cerca de la terraza, mirando hacia los jardines. En cada espacio hay recuerdos de sus años como actor de cine y su impresionante récord discográfico de 38 álbumes, que han vendido más de 20 millones de copias y le han merecido 15 discos de oro, cinco de platino y 11 nominaciones para los premios Grammy. Sus paredes son además una galería de otros triunfos con igual relevancia en su exitosa jornada como sociopolítico y férreo defensor de los derechos humanos. Ha sido receptor del premio CHUBB, la más alta condecoración política de la Universidad de Yale, que comparte con John F. Kennedy, Jesse Jackson, Ronald Reagan y George Bush, así como asistente especial del alcalde Michael Bloomberg y merecedor de reconocimientos conferidos por presidentes, altos mandatarios y organizaciones como CARE, EPA y el Vaticano, cuando el papa Juan Pablo II otorgó el endoso que urgió al presidente Clinton a perdonar la deuda del Tercer Mundo. Otros pergaminos le confieren dos doctorados Honoris Causa, en Letras Humanas y en Sociopolítica. Y muy cerca de la chimenea se exhiben fotos que recuerdan toda una vida junto a sus hijos, incluyendo a su querido sobrino Joe, de 30 años, a quien adoptó cuando falleció su hermana Cynthia. No faltan sus pasatiempos, entre ellos, su navegar y volar aviones, pues es piloto.

Estoy sumida en este recorrido, tarareando ‘Plantación adentro’ y otras salsas de mi retrospectiva musical…

“Bienvenida. Perdona la espera, estaba peleando con la chaqueta. Con esta barriga nada me cierra”.

Nos sentamos en una salita y al no poder abrocharse el gabán, se ríe, achinándose más sus ojos siempre dormidos.

“Los años. El tiempo, you know… los cambios. Cumplí 56 y es momento de terminar mi vida artística”.

Sé que te gustaría cerrar tu última gira con un concierto en Puerto Rico. ¿Se dará?

“Es mi gran sueño, pero no acaba de cuajarse. A Rubén le mando este mensaje contigo, hoy: ‘Brother, contéstame las llamadas, quiero montar ese show en San Juan’...”.

Estás trabajando en un CD y supe que tu hijo Miguel, quien es trompetista, estará tocando y en los coros. ¿Qué trae este ‘último’?

“Sale este mes. Lo tiene todo. Buenos músicos, arreglos bravos, humor, calle. Es diferente. Por un lado es un elepé ‘old school’, con toda esa magia de los estudios de antes, pero trae lo moderno y hay trabajos para los jóvenes”.

O sea, que trae reguetón.

“No puedo evitarlo. Es música necesaria. Llena un espacio que los chamacos necesitan y está ‘pegao’. La tecnología les permite grabar en estudios caseros, con una Macintosh de $500 y un programita. En los 80, se nos obligaba a grabar en consola de un millón de dólares con máquinas grandotas de 48 canales y nos costaba $500 la hora. Pero ojo, el reguetón también llegará a perder fuerza y evolucionará”.

Por no requerir de músicos ni de la compleja estructura de la industria disquera, ¿crees que el reguetón afectará la herencia de la salsa en futuras generaciones?

“El género no debe morir. Hay muchos jóvenes que oyen salsa. Tego y Daddy Yankee tienen mucho de mis canciones. Ahora debemos aprender de ellos, quienes llegaron por debajo del radar. Nosotros entramos por Sony, Fania. Ellos, por la calle. Aprovechemos la tecnología en producciones independientes. Las grandes disqueras ya se aguantaron”.

¿A qué le atribuyes el que se hayan ‘aguantado’?

“La salsa de hoy no tiene la chispa, la energía y el mensaje que los chamacos buscan. Está demasiado perfumada y blanquita. Era música de negros, ¿cuántos negros quedan? Todos son bonitillos y la única diferencia es la mano con la que agarran el micrófono. (Levanta las cejas.) ¡Suenan igual! La meta no es hacer algo nuevo. En algún momento se fue apoderando de la salsa gente que no sabe de ella, que no la siente ni la entiende. ¡La manosearon y pisotearon tanto!”.

Rubén Blades y tú fueron responsables de un cambio radical con el fenómeno ‘Siembra’. Aún es el disco de salsa que más copias ha vendido en la historia. Musicalmente, fue parte de la evolución del género pero, ¿crees que sacaron la salsa de la calle y la llevaron al salón? Digamos, ¿que la emblanquecieron?

“Sin danos cuenta. Creamos un monstruo. ‘Siembra’ tuvo otra óptica, en el momento preciso. Por eso se convirtió en un movimiento social. El buen trabajo musical, la incursión de la sección de cuerdas, las buenas letras de Tite -Curet- y Rubén: todo se unió en una producción de tal calidad que, sin anticiparlo, nos llevó a romper la barrera de clases. Fue una fórmula mágica que elevó esta música a otro nivel, al de una clase social que no oía salsa. Era un nivel codiciado por las grandes disqueras y rápido se apoderaron del mercado”.

En los 80 la salsa se afectó irreparablemente por el embate del merengue y por la fiebre de baladas románticas en tiempo de salsa. Éstos, entre otros factores.

“Creo que tuve culpa, pues fui yo quien grabó ‘Sin poderte hablar’. Quizá le sugerí a la gente que no hay que ser un Maelo para meterle a esta música”. (Willie ríe mucho.)

Volviendo al nuevo disco, ¿y los temas?

“Historias que escribí sobre tipos que se buscan problemas. Los mismos de siempre. Je. Desgraciadamente, entre nuestra gente, es el mismo libreto con distintos actores”.

El referente de tu lírica fue la dolorosa lucha del pueblo latino trasplantado a Norteamérica urbana. Tu testimonio social, ultrasonoro, fue crónica memorable de la marginalidad, el prejuicio, la miseria; pinturas de rostros como Pablo Pueblo, Camilo Manrique y otros. Aun ‘Siembra’, producto musical elevado, también fue protagonizado por víctimas de opresión social.

“Siempre fue mi tema, porque, you know, aquí no ha cambiado nada realmente desde que yo era chamaquito. Ha cambiado el nombre del problema. La Constitución de este país leía ‘Iguales, pero separados’. Se le llamaba apartheid. Luego se fue modificando la manera de tratarnos, pero siempre hemos vivido bajo un techo de cristal inmenso del que no podemos salir. Desde mi infancia, hasta la de mis niños, se ha vivido lo mismo. A mí los policías me daban tremendas pelas cuando caminaba para la escuela. Tenía que atrechar por callejones, escondido como ratón. Ya dan menos pelas, pero el racismo sigue. Me casé con una irlandesa y mis hijos sintieron el efecto de esos apellidos con sello de inmigrantes. Desde que entran a la escuela son tratados distinto. Es lo que llamamos un racismo sistemático. No importa cuánto tiempo llevemos en Estados Unidos: seguimos siendo inmigrantes. Siempre ha habido una razón para discriminar y en nuestro caso, sobran: no hablamos inglés, somos trigueños, chiquititos y encima, somos bravos y orgullosos de lo que somos. Yo vi la lucha por la enmienda de la ley que permitió a muchos latinos ser policías. Antes debías medir 6’1” para entrar a la uniformada, algo que eliminaba a la mayoría de nosotros los latinos”.

Entonces, ¿cómo ves al latino en los EE.UU. durante la próxima década?

“Los norteamericanos no propulsarán cambios favorables hacia nosotros. Ni siquiera saben la diferencia entre un inmigrante que es ciudadano hace 20 años y un mexicano que llegó ayer. Nos seguirán tratando igual de mal. Nos corresponde tomar un rol activo y aprovechar nuestra arma más fuerte: los números. Ése es nuestro capital. No somos un grupo de mucha plata ni recursos, pero somos muchísimos. Hay gran disonancia entre los propios latinos y el sistema lo aprovecha para debilitarnos. Les dan una miguita a los boricuas, otra a los dominicanos y nos mantienen compitiendo y peleando entre nosotros. No podemos pensar de dónde venimos y sí en unirnos”.

William Anthony Colón Román es el segundo de los tres hijos de William y Aracelys. Su padre fue obrero de fábrica y su madre, ama de casa. Fue su abuela, Antonia Pintor, natural de Manatí, quien le crió en un apartamento de la calle 139, en el sur del Bronx. Su hermano mayor, William, falleció cuando era apenas un adolescente. Willie también perdería a su querida hermana menor, Cynthia, en 1976. Fueron dos golpes duros para el joven que sobrevivía a duras luchas sociales.

¿Dirías que tus raíces decidieron quién has sido como líder sociopolítico y como músico?

“Sí. Mi plan de obra social y política no fue premeditado. No soy un Rubén Blades. Mi vida ha sido un proceso muy orgánico. Fue más instinto que otra cosa. Igual mi música. Toña, mi abuela paterna, fue parte del gran éxodo de los 40. Sufrió mucho, mucho, trabajando en una fábrica durante 45 años. Ella me crió. Es mi realidad, es mi vida.

Igual a Nemesio Canales o Lloréns Torres, en el Bronx siempre hubo mucha violencia y drogas. (Willie mira hacia arriba y respira hondo.) He vivido las tragedias y algunas victorias. Mi obra musical tenía que pegar porque lleva consigo a gente de pueblo, gente de la esquina y con ella ese hilito bien fuerte, ese grito de verdad que une a Puerto Rico, a México, Perú, Panamá...”.


En lo más remoto de tu memoria, ¿cuáles fueron tus primeras experiencias con la música?

“Las melodías puertorriqueñas que me cantaba Toña en el sillón. Las recuerdo. Ella me enseñó el español que mis padres perdieron. Luego, como a los nueve años, participé de algunas clases de música en la escuela y de Niño Escucha, ya tocaba un poco de corneta. Toña había perdido a un hijo, Gilberto, que tocaba saxofón y cuando cumplí los 12, ella me regaló una trompeta. A los 13 empecé un grupito con un chamaco que tocaba clarinete, otro que le daba a la conga y uno que era bueno en acordeón; ése ahora es coronel de la Fuerza Aérea. Nos llamábamos Dandys. Al salir de la escuela tocábamos en la calle. Nuestro tema era ‘Siento un bongó’ y canciones brasileras muy desafinadas. Pasábamos el sombrero. Era pobre y siempre hubo ese nexo. Cuando vi que podía ganar plata tocando, la música fue mi prioridad”.

¿Qué escuchabas?

“Acá oíamos una sola emisora. Cuando era chiquito -años 50- no había salsa. Sí música cubana, tangos de Gardel, rancheras mexicanas, valses peruanos y sonaba Pérez Prado. Luego llegaron Cortijo, Mon Rivera, El Gran Combo y Maelo. Más tarde Joe Cuba y Cheo. Hablaban de la calle y de cortar la caña; era otra cosa y esa otra cosa me llegó. La malicia nos conectó”.

¿Cuándo vino el trombón?

“Un día escuché a Barry Rogers tocando con Joe Cotto la pieza ‘Dolores la Pachanguera’ y también descubrí lo que Mon Rivera hacía con la bomba y el trombón. Fue suficiente. Ahorré y me compré uno de pistones; era lo que más se parecía a la trompeta y no quería bregar con la vara. Me metí a un grupo llamado Latin Jazz All Stars, una banda de 35 músicos. Realmente era un ventetú de bravos. De All Stars no teníamos nada. Tocábamos en los shows del junior high”.

A los 15 años creaste el grupo La Dinámica. Aún eras un músico de poca monta, estilo fuerte, sonido estridente. ¿Criticaban mucho tu capacidad interpretativa?

“Realmente siempre he sido un trombonista de caserío. (Ríe a carcajadas.) Así me llamaron los trombonistas ‘sentaos’ de Puerto Rico. Pero tenía mucha hambre de todo y logré ir sonando mejorcito. Con ese grupo por primera vez me contrataron para bailes y por primera vez me pagaron. Éramos novatos y caíamos en garras de cualquiera, como en las de un promotor llamado Federico Pagani. Mi abuela me advirtió: ‘Ten cuidado, que embarca a la gente’. La primera noche me dijo: ‘I’ll give you fiftee dollars’. Me pagó 15 pesos, le reclamé y me contestó: ‘Joe, yo te dije fif-TEEN.’ Nos tocó $1.65 a cada uno. Así iba aprendiendo”.

Desde mediados de los 60, comenzó tu pasión por ritmos africanos, también por el jazz y la salsa. Me dices que tu escuela fueron los maestros que se hacían gigantes en Nueva York: Tito Puente, Larry Harlow, Ray Barretto, Charlie y Eddie Palmieri. ¿Cómo te abriste camino? ¿Fue un golpe de suerte?

“Hubo de todo. Era la época de oro de los grandes clubes de baile: el Club Tropicoro, el Casino de Puerto Rico, el Bronx’s Casino, el Embassy Ballroom. Mi bandita empezó a sonar bien. Éramos chamaquitos ‘good looking’ y nos seguían muchas fanáticas a los ‘paris’. Me empezaron a invitar para abrirles a los grandes. Entonces, apareció un promotor llamado Al Santiago. Nos buscaba guisos y también nos pagó el estudio para empezar a grabar. Pero al poco tiempo, se declaró en bancarrota y echó un pie. Las cintas se quedaron confiscadas en el estudio”.

Irv Greenbaum era el ingeniero de sonido de aquel estudio donde nacía el sello Fania Records, con el productor Jerry Masucci a la cabeza de la peña: Pacheco, Harlow, Barretto y otros. Greenbaum -a quien entrevistamos- sabía que Willie tenía un don. Un día, mientras Masucci trabajaba con papeles y cuentas, Greenbaum le dio ‘play’ a la cinta de ‘Jazzy’, un sabroso arreglo de jazz latino compuesto por Willie. Masucci le gritó desde la oficina, “Irv, who the hell is that?”.

Masucci compró la cinta y puso a Willie en manos de Johnny Pacheco para terminar de producir el disco.

“Cuando me ofrecieron grabar para el sello Fania, no lo creí. Entonces conocí a Pacheco y lo primero que me dijo fue: ‘Hay que buscarte otro cantante’…”.

Willie tocaba los fines de semana en el local de la Legión Americana, en la 162 y Prospect Avenue. En el piso de arriba, el Ponce Social Club, tocaba otro combo: The New Yorkers. Ambos estaban en esa competida escala de orquestas de $50 y eran rivales. Los New Yorkers tenían un cantante jovencito, “jincho, feo y flaco”. Se llamaba Héctor Juan Pérez Martínez y era de Ponce. Se hacía llamar Lavoe.

¿Cómo fue ese encuentro?

“Fui con Pacheco a ofrecerle que grabara con nosotros ese primer disco. Para mí era duro, porque mi cantante llevaba años conmigo. Lo peor fue que Héctor -lo pronuncia Jéctol- me contestó bien guapetón: ‘Yo no quiero grabar contigo man. Ustedes están bien, bien flojos’...”.

El disco de Willie terminó de producirse. Era 1965. Para sorpresa, fue ‘Jazzy’, el número instrumental de su autoría, el que pegó. Lavoe no tardó mucho en bajar la guardia y se unió al osado trombonista y su nueva banda Legal Aliens para grabar ‘El Malo’ (1967), primer disco de este binomio de nueva expresión salsera, que se convertiría en una de las parejas más importantes de la histórica Fania. La vanguardista propuesta salsera fusionaba genialmente el viejo mambo, la influencia del jazz y otros ritmos afrocaribeños. Su ‘Che ché colé’, por ejemplo, fue un primer golpe importante para la conquista afroantillana local. Su canto ghanés con ritmo de bomba sería un clásico de aquella nueva salsa de los 70.

Con Lavoe hiciste historia: ‘Calle Luna, calle Sol’, ‘El día de mi suerte’, ‘La murga’, ‘Juana Peña’ y tantísimos otros. ¿Por qué se negó al principio?

“Siempre me dijo, despechado, que en aquel momento nunca le ofrecí entrar a la orquesta, sólo grabar. Héctor y yo enseguida entendimos que nuestro junte fue necesario y natural. Rápidamente nos fuimos a viajar y en Panamá agarré la maña del tamborito y la música panameña. Y él la explotó al máximo. El tipo era un genio”.

¿Cuál piensas que era su magia?

“Su malicia. Era un payaso y a las fans les gustan los charlatanes. Era un showman. Se trepaba al escenario lucío, a imitar esa gente, Gardel, Felipe Rodríguez, Mon Rivera”.

Tu trabajo ya se distinguía por una fusión rítmica de bomba y plena, guaguancó, bugalú, calipso, algo de jazz latino, guajira y mambo. Con Lavoe agregaste ese sonido jíbaro auténtico que traía su timbre vocal, al igual que el de José Mangual en el coro. Ese campesinismo que introdujeron a la salsa tocó la Isla. Un clásico ejemplo, ‘Asalto navideño’ (1971), fue la incursión histórica al mercado isleño que nos puso a bailar salsa como música de Navidad. ¿Hubieras sido tan exitoso en los 70 sin él?

“No. Héctor me hizo entender el aguinaldo, el sentimiento jíbaro. Entre nosotros se daba un proceso creativo bien orgánico. Ensayábamos en la sala de casa. Cuando acabábamos, nos íbamos a la cocina y un día, comiendo, le di una melodía y empezó a ponerle letra a ‘Juana Peña’. Yo quería que Juana muriera, pero él quería que cayera en desgracia, esperando en vida a ese amor que nunca llegó. (Y tararea el coro.) Juana Peña ahora me lloraaa”.

‘El malo de aquí soy yo; porque tengo corazón’, dice el primer éxito de ambos. Sus producciones discográficas siempre tuvieron hits que trataron la violencia: ‘Lo mato’, ‘Calle Luna, calle Sol’, ‘El día de mi suerte’, ‘Barrunto’, ‘Piraña’, ‘Todo tiene su final’.

La violencia era un elemento inseparable del urbanismo latino, del niuyorrican. Tu imagen de ‘malo’ junto a Héctor, ¿fue planificada?

“Es algo que uno lleva adentro para sobrevivir. Héctor tenía un espíritu travieso. Solía ser muy, muy perverso. Podíamos estar en un baile y llegaban estos tipos, fans, you know. Entonces caían como moscas en su tela de araña. Les empezaba a correr la máquina y su ‘goal’ era encabronarlos hasta el punto que le querían dar una pela. Siempre acababa yo como el ‘bouncer’. Pasaba muy a menudo. Demasiado. Y como ves, no tengo tamaño de guardaespaldas”.

¿Y en qué momento conociste a Rubén?

“Fue una noche de 1974. Llegamos al club y estaban abriendo Los Maléficos. Él era el cantante. Era un chamaco que recién llegaba de Panamá. Se me acercó diciéndome que quería trabajar conmigo. Le dije que teníamos a Héctor. Fue insistente. Me decía: ‘Tengo muchas canciones escritas’. No le presté atención”.

¿Por qué?

“No me impresionó. Imitaba a Cheo Feliciano, como otros. Pero fue insistente. En un baile en el New York Casino, subió a hacer coro con nosotros. Esa noche hablamos. No tenía dónde vivir y se quedó en casa un tiempo”.

Los ocho años junto a Lavoe fueron históricos. A principios del 74, se separaron aunque seguiste produciendo y dirigiendo sus trabajos y grabaciones. El periodo posterior fue especialmente productivo. Grabaste con Blades, Mon Rivera, Sophy, Soledad Bravo, con Celia Cruz, entre otros, el álbum ‘Only They Could Have Made This Album’ (1977) recordado por ‘Usted abusó’ y con Ismael Miranda ‘Doble energía’ (1980, con el éxito ‘No me digan que es muy tarde’). También te lanzaste como cantante en ‘The Good, The Bad and The Ugly’ (1976) y ‘Solo’ (1979). Los contextos fueron bien variados: plena con Mon Rivera, sinfónico en el disco ‘Solo’, y ballet en ‘El Baquiné de Angelitos Negros’. ¿Qué produjo ese gran cambio y toda esa creatividad? .

Willie sonríe y me cuenta esta insólita anécdota, quizá desconocida, convencido de que fue así como cambió su destino. Sucedió el verano del 74. Masucci llevó el concierto de la Fania All Stars por segunda vez a África. Sería en Zaire como preludio al combate de Muhammad Alí y George Foreman. El festival produjo pietaje del documental ‘Live In Africa’ en 1974 y ‘Salsa Madness’ en 1991.)

“Todos debíamos vacunarnos. Les tengo pánico a las agujas; una gran fobia a las vacunas y sus reacciones. Jerry insistió: ‘Ven y en África te vacunas’. Llegué al ‘gate’ del aeropuerto Kennedy y vi a todo el mundo con reacciones a la vacunas, con fiebre. Le dije a Pacheco, vélenme la maleta, vengo ahora. Me paré, tomé un taxi y me fui para casa. Ellos se fueron a Zaire y yo me quedé en mi sala, componiendo todo el material de ‘El bueno, el malo y el feo’, para calmarle el enojo a Jerry cuando llegara. Yo canté algunos números, pero llamé a Rubén, porque los arreglos le iban a su estilo. Fue una buena carta”.

Digamos, un Joker. Masucci no llegó enojado -80,000 personas les aplaudieron en Stadu du Hai- y le compró el proyecto a Willie, quien había agregado a su estilo una base melódica de trompetas, saxofones y guitarra eléctrica.

Retirarte de los escenarios, descansar de las amanecidas de los bailes, todo aportó a esa sabática que resultó en trabajos extraordinarios. ¿Tu favorito?

“‘Metiendo mano’ -1977-. Qué discazo. Me gustó que hubiera distintos señores compositores... maestros como Tite Curet, con ‘Según el color’, es mi favorito. Especialmente por el número ‘Plantación adentro’, uno de mis mejores arreglos. Me quedó chévere, ¿verdad?”.

(Y menciona además a ‘Pablo Pueblo’, un arreglo de Luis Perico Ortiz que tuvo récord de ventas).

Junto a Blades y su lírica social latinoamericana, lograste el éxito más avasallador registrado hasta entonces en la salsa. Justo a comienzos de los 80, se separaron. En 2003, les vimos celebrar los 25 años de ‘Siembra’ en el Hiram Bithorn.

“Todavía me deben plata de ese concierto”.

Pero ¿son amigos Rubén y tú?

(Silencio. Sonríe.) “Somos hermanos”.

Entonces caminamos a su lugar favorito, el piano frente a los jardines, y me toca parte de un arreglo de su ‘último’ disco. Son acordes graves, con mucho drama, muy suyos.

¿Hubo alguien con quien te hubiera gustado grabar?

“¡Uff! ¡Sí! Con Tito Puente, Tito Rodríguez y, wao, con Maelo. Llegué a janguear con los tres. Después de los guisos nos juntábamos por ahí y nos amanecíamos. Qué tipos”.

¿Qué harás, tras tu retiro del escenario?

“Algunos días me siento cansado, frustrado e inútil. Otros, me levanto con muchas ganas de menear la sopa. Sabes, en tierra latinoamericana se ha derramado mucha sangre en la lucha por nuestros derechos. Pero aquí hay otras formas de morir: en silencio, de hambre, por adicción a las drogas. Tenemos que recuperar nuestro respeto. Me mantendré activo políticamente y no descarto postularme. Apoyaré a los mejores candidatos y seguiré brindando servicios estratégicos a través de mi compañía El Malo, Inc.”.

¿Y como artista?

“Seguiré produciendo. No sólo discos, sino en otros medios. (No descarta el cine.) Quiero dedicarme a la composición de música, a escribir ensayos y libros, como mi biografía... ¡Pero ya te conté lo mejor de mi vida!”.

Compartimos buen rato, tocó el trombón y hasta luego.

“Oye, recuérdale a Rubén lo del concierto en San Juan. Sería un buen adiós”.

EL 'MALO' SE ASUSTÓ EN EL CALLAO

Peleas empañaron actuación sin mucho brillo de Willie Colón en el X Festival Chim Pum Callao. Ismael Miranda fue el más aplaudido por el público porteño

Segundo Alcalde.

Cuando Willie Colón ingresó al escenario con los dientes encendidos, el pueblo chalaco explotó de júbilo como esperando un concierto cinco estrellas. Al maestro no le quedó otra que inflar sus cachetes y empezar a guapear con su trombón.

El arranque fue fenomenal porque lo hizo con un medley de los mejores temas de la época dorada con Héctor Lavoe. Pero sucedió algo inesperado: mientras unos gozaban a lo loco, otros convirtieron el Complejo Yáhuar Huaca en un ring de box.

Willie mandó a callar a su banda. Y la bronca que empezaba a opacar el show. Hubo un amago de suspender la función. Sin embargo, Colón seguía firme en la tarima hasta que las aguas vuelvan a su cauce normal. La seguridad del espectáculo actuó demasiado tarde, pero controló el vandalismo desatado.

Pasado el percance, el "Malo' mostró esquina y apelando a su buen humor dijo: "Soy muy atrevido de cantar esa de mete la mano en el bolsillo saca y abre tu cuchillo y ten cuidado".

El hijo de puertorriqueños continúo el show con sus clásicos temas como Idilio, Talento de televisión, Gitana, entre otros. Era imposible reunir en un concierto de una hora y cuarenta minutos los éxitos de 40 años de carrera artística.

Su nueva figura –con varios kilos de más– lo hacía ver cansado a veces. Algo fatigado. Y también muy fastidiado por la trifulca que ya detallamos en un principio. Al 'rey del trombón' se le bajaron las pilas por momentos.

Sin embargo, se dio maña para no decepcionar a sus miles de fanáticos que vivaron su nombre y le regalaron algunos presentes como una estampilla del Señor de los Milagros.

Cabe destacar que los músicos de la banda se lucieron en 'solos' de varios minutos, pero que no fueron de la aceptación del presente.

Iván Renta en el saxofón, y nuestros compatriotas Lucho Cueto en el piano y Oscar Chumbiray en el bajo reflejaron sus dotes de músicos de primerísima calidad. Colón cerró su actuación sin brillos con el tema El gran varón que fue cantado de principio a fin por sus fieles seguidores que se quedaron hasta las tres y media de la madrugada del domingo a pesar de los constantes conatos de bronca y la fuerte llovizna.

Para componer un son

El que sí sorprendió a todos en el X Festival Chim Pum Callao fue el 'Niño Bonito' Ismael Miranda quien en la tarima parecía aquel muchachito pintón que cantaba allá en los 70 en la orquesta Harlow. Para componer un son, Borinquen tiene montuno, Galera tres, Abran Paso, Señor sereno y María Luisa fueron los favoritos del público chalaco que enrojecieron sus palmas de tanto aplaudirlo.

El ex integrante de la Fania cantó todos sus temas luciendo una camiseta de la selección peruana. Punto a favor para la actuación de Miranda fue el acompañamiento de la Orquesta Sonido Latino conformada por profesionales con buen oído para hacer salsa dura.

Señora ley


Luego de la excelente presentación de Ismael, el turno fue para el 'Pregonero' Tito Nieves quien arrancó con su tema Tipo común. También se animó a cantar un cover de Celia Cruz, Usted Abusó. El 'Pavarotti de la salsa' cantó por doble partida Señora ley, su canción himno y la favorita de los chalacos presentes en el Yáhuar Huaca. El destacado músico y arreglista Ramón Sánchez lo acompañó en su casi hora y media de actuación.




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