El origen del proyecto Fania se lo debemos al músico Jhonny Pacheco, “El Marqués de Quisqueya”, quien ya había grabado varios discos con la casa Alegre Récords y su afán, más que todo, inicialmente, era el de crear un sello propio para facilitar su producción.

LA FANIA ALL STARS: UNA PASIÓN QUE YA CUMPLIÓ 35 AÑOS

Por: MOISÉS ROCHA JIMÉNEZ (Cartagena)

“La música no tiene sentido, si se le desprende de su aspecto social” (José Arteaga)

La noche del jueves 26 de agosto del l97l fue histórica para la música de América Latina.

Concebida como el concierto de El Cheetah, este recital afianzó definitivamente el nombre de La Fania como símbolo musical, y coadyuvó para consolidar al fenómeno salsero con el carácter de movimiento masivo

El origen del proyecto Fania se lo debemos al músico Jhonny Pacheco, “El Marqués de Quisqueya”, quien ya había grabado varios discos con la casa Alegre Récords y su afán, más que todo, inicialmente, era el de crear un sello propio para facilitar su producción. Este plan fue presentado a Jerry Masucci, un abogado judío-norteamericano, quien avaló satisfactoriamente lo propuesto.

Con la experiencia de Pacheco en la ejecución de la tambora, de la tumbadora, la paila y la flauta, más sus estudios de ingeniería electrónica, le sirvió de base para desarrollar su idea; y, para identificarla, tomó el nombre de un viejo son ya grabado en Cuba que, según el autor Reinaldo Bolaños, se inspiró para dedicárselo a una dama de belleza excepcional:

 

“Oye, mira como dice/ esa frita mi crocó/Oye, mira como dice/
Fania funché / Fania funché/A ti confío funché/
confío para que alivies mis penas/Y termines mi condena/ Fania funché/
Fania funché/A tus plantas sin desvío/ gustoso yo me postraré /
Y con amor besaré / tu rostro cual relicario funché/Fania funché/
Fania funché/ Fania funché…


El término “Fania” ha generado discusiones. Se cree que fue un canto dirigido a una deidad del combinado complejo mitológico yoruba con arará.

Lo que concierne al proyecto discográfico, “Fania” nació en l964 con el L.P. numerado 325 en conmemoración del cumpleaños del músico quisqueyano (Marzo 25 de l935 en Santiago de los Caballeros). El trabajo contiene once temas, entre esos “Cañonazos”, nombre con el que identificaron esta producción. La canción es de Evaristo Aparicio, popularizada en l954 en La Habana por el sonero Estanislao Sureda, “Laito”. En este caso, con mucho honor, le correspondió a Pete “El Conde” Rodríguez interpretar todo el contenido de esa génesis musical.

Pacheco aprovechó el inicio de la empresa para cambiar el estilo del grupo que traía desde l959 (formato de charanga) por el de un conjunto tipo Sonora Matancera, pero con “nuevo tumbao”, aspecto que llamó poderosamente la atención. Promocionaba sus discos recorriendo las calles de Nueva York; y, como lo cuenta el mismo productor, “salía en mi carro viejo el que cada rato me sacaba no sólo la mano, sino también los pies”.

Tenían una voluntad férrea esta pareja de quijotes. En menos de dos años comenzaron a notarse buenos resultados. Afiliaron primero al grupo a Larry Harlow, un judío-norteamericano bien recomendado en el manejo del teclado. Harlow llevó un cantante que duró poco, y pronto lo sustituyó por Ismael Miranda, joven con “pinta” del barrio, justo para el acople ideal. Seguidamente firmaron a un gran músico que ya había soltado la trompeta para consagrarse con el bajo. Era Bobby Valentín, quien se constituiría en uno de los mejores arreglistas en la historia de La Salsa.

Después, vino el veterano de mil batallas, Ray Barretto, “Manos duras”, conguero de vasta experiencia en la línea del jazz y en música latina. En febrero de l967 llegó al seno de la familia “Fania”, un jovencito de apenas l7 años con cara de “malote”, pero con inmensa felicidad al ejecutar el trombón. Era Willie Colón. Fue Pacheco quien le recomendó que uniera en el canto a otro adolescente de silueta angelical llamado Héctor Juan Pérez Martínez, mejor conocido en todo lo que sigue con el nombre de Héctor Lavoe

El proyecto que se inició para atender una necesidad doméstica y muy singular, empezó a cobrar un carácter amplio y más popular. Trascendieron vinculando a ciertos especialistas, a músicos modestos y en honor a la verdad, “La Fania” en el comienzo respaldó a jóvenes novatos sin mayor experiencia en el campo musical, pero ellos se sobraron con enjundia y pasión, le pusieron a sus creaciones la garra y el matiz para dejarle sabor de barrio, de la calle, de la esquina. Tanto que revolucionaron con la nueva sabrosura para que la consumieran como propia y con el mismo derecho, los “chicos” de los barrios de San Juan, Ponce, Panamá, Caracas, Santo Domingo, Barranquilla, Cartagena y todo El Caribe latino.


En el trasegar de esta compañía en 1968, ocurrió una reunión en el Salón Red Carter en New York, donde participaron músicos de la empresa y muchos invitados especiales. La cita estaba intencionada para producir creaciones con categoría de grandes estrellas y al estilo de antecedentes sesiones programadas por las firmas disqueras “Alegre”, “Tico”, y “Cesta” All Stars. Sin embargo, esto no resultó así, especialistas afirman que el encuentro terminó sin mayor trascendencia. Según, lo interesante fue poco. Hubo demasiado mezcla y combinaciones de jazz, latin jazz, rock y boogaloo. Además, faltó organización. Tanto, que lo musical se pudo rescatar gracias a un fortuito grabador.

Años después La Fania alcanzó gran solidez artística y económica, efecto que le sirvió para posesionarse como emporio de mayor envergadura en toda la Capital del Mundo. Masucci hizo el contacto con Ralph Mercado, propietario de un local ubicado en la calle 52 de Broadway: El Cheetah, un sitio habilitado en distintas ocasiones como almacén, taller, parqueadero, gimnasio, pista para patinaje y últimamente adecuado para salón de bailes populares. En esta oportunidad fueron más comedidos en la logística y requirieron de excepcional orden para darle un carácter cultural e industrial a la presentación. Pacheco fue muy meticuloso al determinar el estilo y formato de la música por crear; lo mismo para la conformación de la banda.

Después de análisis y estudio, se decidió por un estilo más latino con menos ingerencias norteamericanas y teniendo como base la raíz del son cubano, con sabor guarachero para descargas melosas. La distinción estuvo en la excelente combinación de la línea de percusión (tumbadora, paila y bongó, más eventualmente güiro, maracas y claves) con la sección de vientos (tres trompetas y tres trombones), apoyada en la fuerza del piano, del bajo y los enlaces del cuatro y la flauta. Los matices de las voces le dieron más ribetes, el de un conjunto extendido para la feliz complacencia dirigida a un público conocedor y muy exigente en la cadencia Caribe.

Catorce músicos más siete cantantes rigurosamente escogidos, todos ellos privilegiados para conformar el deleite de El Cheetah. En esta oportunidad redujeron los invitados especiales, entonces casi todos pertenecientes de los grupos afiliados a “Fania”. El aporte mayoritario se basó en cuatro orquestas: en la de Barreto, la de Pacheco, de Harlow y la de Willie Colón. De la primera tenemos a Ray Barretto en las congas; a Orestes Vilató en la paila; al cantante Adalberto Santiago y a Roberto Rodríguez para asignarlo trompeta numero uno. De la segunda agrupación tenemos a Pacheco en la flauta y director; al sonero Pete “El Conde” Rodríguez y Héctor “Bomberito” Zarzuela como segunda trompeta. De la tercera orquesta a Larry Harlow en el piano con la voz de Ismael Miranda y Larry Spencer para trompeta número tres. Y el aporte de la cuarta es de Reynaldo Jorge y Willie Colón de segundo y tercer trombón, respectivamente, más Héctor Lavoe en el canto.

Unitariamente, de la agrupación de Eddie Palmieri se escogió a Barry Rogers, para primer trombón; y de la banda de Tito Puente, al vocalista Santos Colón. Individualmente de sus propias orquestas, a Roberto Roena, en el bongó; a Bobby Valentín, en el bajo; y a Yomo Toro, en el cuatro. Cheo Feliciano llegó como voz solista invitado con Ricardo Ray, pianista, quien acompañó a su cantante Bobby Cruz en un número especial. En definitiva, estos veintiún miembros surgieron de diez importantes orquestas para conformar el elenco más representativo de la salsa hasta el momento.


Aquella noche todo se ajustaba comedidamente: las luces de acuerdo al salón y a lo que se iba a realizar; el equipo de audio para la amplificación y grabación, de primera. Para la filmación se contrató a Leon Gast, un experimentado fotógrafo y documentalista, quien requirió de seis cámaras para la producción de la película que ahora todos conocemos como Our Latin Thing (Nuestra Cosa Latina).

Para maestro de ceremonia se llamó al discjockey Dizzy Izzy Sanabria, un personaje en la onda de la radio, muy unido al movimiento como diseñador de afiches y de carátulas de discos. También invitaron para la presentación a Symphony Sid, un veterano locutor de famosos programas, con mucha experiencia. Había participado en los similares eventos del Village Gate. La promoción fue muy sugestiva. Se tituló “El encuentro del siglo”, “La fiesta de la vida”, “La fiesta del recuerdo”. Esto resultó mucho más de lo que se esperaba, porque antes del inicio, ya no cabía un alma en El Cheetah. Y, según Izzy Sanabria, se rompió el record con un cupo alrededor de cinco mil asistentes.

La película, que fue dirigida por Leon Gast y producida por Jerry Masucci, resultó ser el primer documental fílmico en materia de La Salsa. Noventa minutos con la relación cultural del latino alrededor de nuestro proceder y sentir sonoro. Aunque toda la acción se desarrolla en Nueva York, la cinta presenta apartes del estado de vida y costumbre con orden y desorden del colono caribeño en los barrios hispanos de esa ciudad. Es una muestra sociocultural didáctica, muy nutrida con segmentos musicales de la calle y del vibrante espectáculo celebrado en El Cheetah. Esta obra refleja la conjugación de la salsa en el celuloide, y es un material de necesaria y detallada observación.

La sangre latina bullía en el salón. Así se vestía en aquellos años: ropa de colores vivos y alegres, pantalones ajustados que terminaban en boca ancha sobre los zapatos con tacones altos, tanto en el bailador y en su pareja.

—¡Que viva la música! ¡Música latina. Música en vivo! —exclamó Sanabria—. Y seguidamente presento con todo gusto al discjockey, al locutor más famoso que hace programas musicales por solicitudes, en vivo… Symphony Sid


Este respondió:

—Bienvenidos, damas y caballeros. Bienvenidos a El Cheetah. Le damos la bienvenida a todo el mundo. Hoy vamos a disfrutar en este salón, en El Cheetah, con los grandiosos músicos latinoamericanos. Para todo el mundo… The Fania All Stars… ¡Fania All Stars!.

Y prosiguió:

—Ahora, damas y caballeros, estamos con toda esta gente maravillosa; estamos con las estrellas que llegaron a Nueva York desde Puerto Rico y otras partes. Enseguida les presento al maestro Jhonny Pacheco…Jhonny Pacheco.

Entonces Pacheco, con frases combinadas en inglés y español, con sobrenombres y sabrosa picardía, anunció a los miembros de la banda. Al concluir, alguien le hizo la observación de un olvido:

—¡Oh Dios mío! En el bajo Bobby Valentín— complementó

Cinco minutos fueron suficientes para este preludio consignado en los discos como “Tema de introducción”. Analizando el contenido, transcendieron culturalmente con la composición “Anacaona”, de Tite Curet, y en la voz de Cheo Feliciano. Resalta la importancia histórica a lo aborigen: “Flor de Oro” se le llamó a esta reina; esposa de Caonabo, cacique de Maguana. Anacaona fue famosa por su belleza y valentía, también por los espectaculares areítos que realizaba con un grupo de vírgenes, para los festejos de su tribu. Si en lo anterior nos dicen que esta ejemplar mujer ofrendó su vida por la libertad, ahora Pete “El Conde” Rodríguez nos afianza en su orgulloso canto de “Macho Cimarrón”, por el valor y la rebeldía del negro con igual honor. Musicalmente en los dos temas se manifiesta el rubateo de estos cantantes soneros; también brillaron los solos de Harlow en el piano y de Pacheco en la flauta.

En la canción “Ponte Duro”, Roberto Roena demostró por qué llegó al grupo: desarrolló descargas de bongó con gran énfasis para darle la importancia a ese instrumento, base para fundamentar el toque de son (sin clave y bongó no hay son). Las trompetas y los trombones se lucieron con sensacional protagonismo. Un prolongado palmoteo de clave aclamaba diciendo “Ahora vengo yo” cuando Bobby Cruz cantando le dice a su público que están nuevamente en Nueva York arrollando, a pesar de los comentarios que se tejieron por la estadía en Puerto Rico: “Cuando yo estaba en New York / la gente me criticaba/ y ahora como no estoy/ me meten en la ensalada”. La pieza quedó muy alegre con los solos de Ricardo Ray en las teclas y la voz de Bobby; fue la única participación de este dúo durante el concierto.

El éxtasis parecía no caber en el salón. Pero hay más: con el número “Descarga Fania”, el introito lo presenta un repique de paila unido al fino sonido de la trompeta de Roberto Rodríguez; entra un trombón para darle paso al estribillo que dice: “oye qué rico suena, las estrellas de Fania” y se originan coloquios entre el coro con pasacalles individuales de las tres trompetas y los tres trombones. Es algo fuera de serie que enorgullece a los virtuosos. Luego en un interludio llega el bajo para mostrarse majestuosamente; este recibe al piano in crescendo y se unen para cosas espectaculares; entonces se escucha el vitoreo, el vitoreo del público que, con aplausos, realiza la clave. En todo esto, el piano y el bajo se pasean con sabor.

La vocalización de Adalberto Santiago induce al goce con

“oye mira como vengo acabando / con las estrellas de Fania / tú lo ves / que rico es este bembé / pa’ gozá”. La flauta entra a mediar con un floreo para que el coro incite a otro duelo de solos, ahora entre la paila de Orestes Vilató y la tumbadora de Ray Barretto, así:

“Suena la paila, la paila moderna” (bis)
“suena la tumba, la tumba moderna” (bis)

El recital fue extraordinario con la mejor dirección, música excelente y refinados arreglos. Todo esto lo podemos comprobar y disfrutar en los documentos dejados para la posteridad: una película (la anotada anteriormente), dos discos que recogen apartes musicales y situaciones del film; más dos volúmenes “El concierto de El Cheetah”. Son esos documentos los que nos dan propiedad para presentar con creces nuestros conceptos, e invitamos a disfrutar por siempre de la calidad de ese regalo, así lo induce Adalberto Santiago con este último canto que referenciamos:

“Oye mira como vengo acabando/con Las Estrellas de Fania
tú lo ves/qué rico es este bembé/”.

Entonces, el coro lo corrobora con diciente respuesta y nosotros lo repetimos para conmemorar el 35 aniversario de aquel inolvidable encuentro:

“Ya te lo dije, nené / esto es sabroso / tú ves”
“Ya te lo dije, nené / esto es sabroso / tú ves”







calle 44 (san juan) # 74 - 80 teléfono 412 51 52

medellín, colombia

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.





Sergio Santana recibe las opiniones, quejas, sugerencias y correcciones de los rumbantaneros, de miércoles a sábado desde las 18 horas hasta las 21 horas en RUMBANTANA Son y Salsa, en el teléfono (4) 412 51 52, y por correo electrónico, en la dirección escrita arriba.





®2006 Rumbantana TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS. Este documento es propiedad de Rumbantana – Son y Salsa, Medellín, Colombia. Está prohibido: Usar esta información para propósitos ajenos a los de Rumbantana, divulgar esta información a personas externas, reproducir total o parcialmente este documento. La compañía no asume responsabilidad sobre información, opiniones o criterios contenidos en este mail que no este relacionada con negocios oficiales de Rumbantana.