Por: Juan Marinello (La Habana, Cuba)

La presencia de Federico García Lorca era como la evidencia y la fatalidad de su poesía. Aquella irradiación de niñez defendida, aquella sabiduría inspirada, aquella secular y naciente alegría no podían desembocar sino en su poema y en su farsa. Nunca he tenido ante un escritor tan clara revelación de que había nacido para darnos la obra que le conocíamos y la certeza de que su llegada al mundo se justificaba con ello. De ahí que no pueda imaginarlo, leerlo, sino en el asombro infantil de la propia pena, que fue su mayor encanto.


Más de una vez se ha dicho cómo la estancia habanera de Federico fue el más gozoso deslumbramiento. Aquí he pasado —confesó al dejamos, y le oí la confesión—, los mejores días de mi vida. Y el testimonio de la madre, doña Vicenta Lorca, confirma la preferencia. En setiembre del 30 escribe a María Muñoz que su hijo “habla con un entusiasmo tan grande de Cuba que yo creo que le gusta más que su tierra”. Había razones para ello. Federico estaba en un instante hermoso: gozaba la conciencia de su victoria, la sabía de auténtica hondura, porque la había alcanzado como hijo legítimo de su gente; sentía crecer bajo su sangre las conquistas futuras; había dado con raros hallazgos, pero adivinaba que le esperaban otros mayores. Había tocado el gusto de una gloria que sabía duradera, pero nadaba en la claridad de una adolescencia prolongada que recibía cada triunfo con virginal alborozo.

A lo radioso del instante hacían coro las gracias del ambiente. Lo andaluz es lo más cercano a lo criollo, en su arranque europeo; a lo criollo antillano singularmente, porque allá como acá se entrecruza lo español con lo africano. Lo negro posee comunicaciones subterráneas con lo gitano, dentro de sus diferencias radicales. Federico encontraba un molde ajustado y gozoso en la Cuba de 1930. La isla fue para él como el puente de un velero resonante. Venía del New York violento y sombrío, que tan hondamente lo había removido; partía hacia plenas y duraderas hazañas teatrales; se prometía el conocimiento ahincado y moroso de las tierras hispanoamericanas; soñaba con París, universalizador seguro de su valía; adivinaba su tarea de inquieta madurez Entre las solicitaciones de su Andalucía maternal.

En aquella oportunidad —privilegio impar—, conocí al poeta. Nuestra amistad fue breve e intensa y tengo de ella pruebas y recuerdos que quiero recoger aquí. Algunas de las cosas que rememoro nos darán un poco, un poco nada más, del muchacho milagroso, tocado de tan inusitadas gracias; otras tendrán cierto valor documental, que ofrezco como un aporte a los muchos que en el ámbito hispánico se ocupan hoy de compulsar su obra, de editar su verso y su teatro, de conocerle la intimidad creadora, de entender más algún paraje de su invención, de penetrarle mejor la palabra clara y barroca, popular y cultísima.

Guardo entre mis libros un ejemplar de Canciones, como prenda invalorable. El libro es el recuerdo de una tarde de fraternal camaradería. Federico llegó a mi casa —aquel pisito de la calle 20 esquina a 15, en el alto Vedado—, en las horas del mediodía; salió muy entrada la noche. Discurrimos largamente sobre sus recientes experiencias cubanas, ocupando buen espacio del coloquio su alegre descripción de las sorprendentes veladas en casa de los Loynaz. Había encontrado allí una oportunidad excelente para la contemplación y el cultivo de uno de sus modos complementarios, el disparate grácil, el elegante esperpento.

Mientras hablábamos de todo y de todos, dibujaba Federico, con lápices de colores, en las páginas del libro. Quiero que veas, me decía, que soy mucho mejor pintor que poeta; solo que me ha dado por hacer versos… Pensó primero dejar en sus Canciones algunos rasgos sugestivos, breve huella de su amistad; pero fue animándose en la plática y dejó al fin, escoltando los poemas, estampas primorosas. Debajo de la dedicatoria cordialísima escribió: “con cuatro dibujos y dos más…” Lindos son los seis dibujos, tocados de su duende inseparable: no los he visto mejores de su mano. Bien se ve, contemplándolos, que no fue la pintura su violín de lngres sino el costado gráfico de su don lírico, la alusión irónica de su propia gama creadora.

Al entregarme el libro, me explicó Federico cada uno de los dibujos; y cada explicación valía los trazos y les sumaba historias y poesías. Eran las frutas alegres de sus campos inventados, la señorita romántica transitando por la alameda a media luz con una sola palabra en el corazón y en los labios: amor; la muchacha andaluza defendida en su velo de pompones explosivos; la pera y el dado, naturaleza y trampa; la muerte de un pez, surrealista, parpadeante y mínima. Y un joven, “Ilustración del 900”, perseguido por manos de todos los tamaños y la faz irremediablemente triste.

—Este chico —decía Federico levantando el lápiz y sonriendo con infantil donaire—, ya no podrá estar alegre, porque no dio a tiempo las bofetadas. (En más de una ocasión se han reunido en libro los dibujos del gran poeta; pienso en lo bien que integrarían su aventura plástica estos viejos apuntes.)

De lo gráfico saltamos a lo lírico. Debatimos algún tiempo sobre las diferencias de naturaleza y rumbo entre los poetas españoles y los latinoamericanos. Caímos en la poesía peninsular del instante. De improviso, a boca de jarro, pregunté a Federico quién hacía los mejores versos de su tierra. Repuesto de la sorpresa, me dijo: —Situando a un lado los dos maestros, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, nadie ha escrito cosas como ésta:

Yo solo seré quien vea


cómo el invierno se afila


en la paz de una tranquila


tarde probable de aldea.


Los versos son, desde luego, de Jorge Guillén
De lo extraño pasó a lo propio. De su bolsillo de dril crudo sacó el borrador de su conocidísimo “Son de Santiago de Cuba”, único poema, que sepamos, en que se registró su escala cubana. La obra estaba apenas esbozada, y mostraba mil derivaciones posibles, apuntando hacia todos los rumbos en las líneas de suave lápiz hechas de letra menuda y vertical. Mi amigo me explicaba la razón de algunas alusiones, sin duda sibilinas o arbitrarias para quien no tenga el agarre de su exégesis. En el son habla Federico de la “rubia cabeza de Fonseca” y del “rosa de Romeo y Julieta”. (En la edición de Séneca, México, 1940, se lee “Y con la rosa de Romeo y Julieta”. En las Obras completas al cuidado de Guillermo de Torre se escribe “rosal”, y también se hace en la más reciente de Aguilar. Ni una cosa ni la otra; Federico aludía al rosa, al color típico de la romántica ilustración usada por la habanera fábrica de tabacos de ese nombre. Bien claro está, por otro lado, que el acento poético del verso se mantiene con la palabra rosa y no rosal.) Y en todas las versiones se lee, equivocadamente, color blanco por calor blanco, que fue lo que escribió el poeta.

El “Son de Santiago de Cuba” es una breve alusión a la Cuba natural e imaginada —tierra y garbo—, que deslumbraba a Federico, avivándole gráciles estampas de su niñez. Por entre las imágenes instantáneas, sintéticas, marcha el fino hilo rojo que ensarta, con claro asombro, lo andaluz con lo cubano, lo gitano con lo mulato. El “Son” de Federico es un encuentro sin dejar de ser una sorpresa.

Al darme la clave de su estampa isleña me decía el poeta cómo la primera noticia de la existencia de Cuba le llegó en los estuches de tabaco que de La Habana enviaban a su padre, hasta su infantil Fuente Vaqueros. Las láminas de la tapa interior —carreras de palmas, cielo de turquesa, oscuras hojas de tabaco, la estatua de la libertad, la farola del Morro, Romeo bajando de la inevitable escala, profusión de medallas doradas... y en el centro, dominándolo todo, la erguida cabeza del señor Fonseca, rubia la melena alterada; rubias las cuantiosas barbas. De ahí el recuerdo de su primera Cuba, lejana y policromada, en que todo cobra preciosismo consabido:

Mar de papel y plata de monedas…

Agradó a Federico saber que el señor Fonseca, a quien había yo tratado mucho (ya con la rubia cabeza vuelta de plata) había sido hombre de muy buena sensibilidad y amigo y protector de artistas.

Otra imagen del “Son” —bellísima—, se capta mejor cuando se recuerda su explicación. Es aquella en que el poeta llama a Cuba “arpa de troncos vivos”. Federico me decía que, al atravesar el suave arco sellado de palmeras que es nuestra isla, le quedaba la visión de un arpa gigantesca formada por millones de troncos sonoros; esperando que una mano descomunal, la mano de un dios músico, le arrancase una sinfonía queda y caliente: “arpa de troncos vivos...” Terminado el comentario del poema —que era como una recreación—, repetía Federico, acariciándolo, el lindo verso que no aparece hoy en las versiones de las varias Obras completas:

¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro...!

La versión original, exacta, de su son cubano la entregó Federico a sus muy amigos María Muñoz y Antonio Quevedo y fue publicada por primera vez en la excelente revista Musicalia, que editaban en La Habana por aquellos días. Dice así:

Son de Santiago de Cuba

A Don Fernando Ortiz
Cuando llegue la luna llena
iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago,
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Cantarán los techos de palmera
Iré a Santiago.
Cuando la palma quiere ser cigüeña.
Iré a Santiago.
y cuando quiere ser medusa el plátano.
Iré a Santiago.
Con la rubia cabeza de Fonseca.
Iré a Santiago.
Y con el rosa de Romeo y Julieta.
Iré a Santiago.
Mar de papel y plata de monedas.
Iré a Santiago.
¡Oh Cuba, oh ritmo de semillas secas!
Iré a Santiago.
¡Oh cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!


Iré a Santiago.
Siempre dije que yo iría a Santiago,
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Brisa y alcohol en las ruedas.
Iré a Santiago.
Mi coral en la tiniebla.
Iré a Santiago.
El mar ahogado en la arena.
Iré a Santiago.
Calor blanco, fruta muerta.
Iré a Santiago.
¡Oh bovino frescor de cañavera!
jOh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
Iré a Santiago.

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