Por: Juan Marinello (La Habana, Cuba)

La presencia de Federico García Lorca era como la evidencia y la fatalidad de su poesía. Aquella irradiación de niñez defendida, aquella sabiduría inspirada, aquella secular y naciente alegría no podían desembocar sino en su poema y en su farsa. Nunca he tenido ante un escritor tan clara revelación de que había nacido para darnos la obra que le conocíamos y la certeza de que su llegada al mundo se justificaba con ello. De ahí que no pueda imaginarlo, leerlo, sino en el asombro infantil de la propia pena, que fue su mayor encanto.

Los días cubanos de Federico fueron sedientos y desbordados. Quería entenderlo todo, absorberlo todo. En Cuba, como anotó Ángel del Río, se sentía liberado de la cárcel neoyorquina y había vuelto a encontrar el sol, la luz y la alegría... Había dialogado a campo traviesa con las gentes del pueblo en la aldea y en la ciudad. Se había metido en las cadencias negras y en la risa de los niños, había recorrido las estaciones de las iglesias habaneras el viernes santo de 1930; había oído aquí la música y la palabra de Serguei Prokofiev; se había inclinado con limpia avidez sobre la obra de los creadores jóvenes. Había entrado con asombroso entendimiento en lo cubano.

Por: Guillermo Rodríguez Rivera • La Habana

Una importante zona de la obra poética de Federico García Lorca está inscrita en esa corriente de la poesía contemporánea en lengua española que se llama neopopularismo. Nadie duda que sí Marinero en tierra, que Rafael Alberti edita en 1925, es el libro que inaugura la presencia de la corriente entre los poetas de la generación española del 27, Romancero gitano, de 1928, es el más exitoso de sus poemarios.

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