Vampysoul SaocoUn recopilatorio de Vampisoul saca a la luz algunos de los tesoros de la música tradicional puertorriqueña en los 50 y 60.

Es muy posible que, como bien apunta Yannis Ruel en el libro del álbum ¡Saoco!, que publica Vampisoul en 2012, sin el impacto de Cortijo y su Combo la música puertorriqueña de los 50 y 60 no hubiera tenido la trascendencia que tuvo. Pero también es verdad que sin la lucha permanente de los productores discográficos de la época, tampoco.

¡Saoco!, el disco doble que lleva por subtítulo The Bomba and Plena Explosion in Puerto Rico 1954-1966, se centra en la obra de un puñado de talentos, algunos absolutamente geniales, de la Isla del Encanto: el citado Rafael Cortijo y su estelar cantante Ismael Rivera; el sonero y cultor de los trabalenguas cantados Mon Rivera; el timbalero Moncho Leña; el trompetista Mario Ortíz; el saxofonista Lito Peña; la familia Lucca; y los cantantes y trovadores Baltazar Carrero, Ángel Luis Torruellas, Odilio González y Ramito, entre otros.

Falta una barbaridad, porque la escena boricua era inagotable, y la bomba y la plena se cantaban cuando llovía y cuando hacía sol, cuando era navidad y cuando no, cuando nacía un niño y cuando se enterraba a un ser querido.

La bomba surgió a comienzos de siglo XX como baile, canto y música, y tuvo su asentamiento principal en el norte en Loíza y en el sur en Ponce. Y desde allí se desprendieron sus ocho variantes rítmicas, sus cinco pasos de baile y sus instrumentación tradicional. La plena llegó también por aquel tiempo gracias a emigrantes isleños oriundos de Saint Kitts, que combinaron elementos de bomba y calypso para dar origen a un ritmo que tiene como base percutiva al pandero.

La primera grabación de una plena la hizo Manuel Jiménez, El Canario, en Nueva York en 1927 para la RCA Victor, casi tres décadas antes del surgimiento de dos casas discográficas fundamentales para todo lo que Vampisoul presenta en ¡Saoco!: Seeco, del judío Sidney Siegel, y Ansonia, del puertorriqueño Ralph Pérez. Detrás de ellas vinieron muchas más como Verne, de Luis Cuevas; Gema, de Ernesto Duarte & Guillermo Álvarez Guedes; o Remo, de René Moretti. Así hasta llegar a Inca Records, de Jorge Valdés & Pedro Pai, posteriormente adquirida por Fania.

Pero Seeco y Ansonia fueron populares porque la primera apostó por Cortijo y su Combo y lo supo poner a la altura de la Sonora Matancera en difusión radiofónica; y la segunda cultivó un depurado catálogo que hizo hincapié en el folk (en este caso, la música jíbara), poniéndolo a la altura de Noro Morales.

Sus licencias siguen deambulando por ahí, algunas en Miami, otras en San Juan, pero poco se ha reeditado a conciencia, haciendo más valiosos los álbumes originales, el tesoro de los coleccionistas, y este trabajo recopilatorio de Vampisoul y Yannis Ruel.

José Arteaga.

Esta reseña fue escrita originalmente en la web de Radio Gladys Palmera.