Gladys Palmera, Matt Dillon, Humberto Corredor… Bienvenidos al selecto club de los coleccionistas de salsa y música del Caribe.

 

Hace tres años el National Jazz Museum con sede en Harlem adquirió 975 discos gramofónicos, producto de grabaciones realizadas entre 1935 y 1941.

Era una maravilla de doble valor por la calidad de la grabación original y, claro, por el material inédito que contenía. En esa Caja de Pandora se encontraban reproducciones desconocidas de conciertos y jam sessions de Louis Armstrong, Benny Goodman, Count Basie, Billie Holiday o Ella Fitzgerald, también conciertos sinfónicos y alguna alocución presidencial. Casi siete décadas durmieron el sueño de los justos porque eran canciones que excedían los tres minutos de duración permitidos entonces y porque en los años 40 las grabaciones Live no eran muy comunes.

Su dueño, William Savory, excéntrico y obstinado, sólo mostraba muy de vez en cuando esta colección de casi cien horas de música a algunos amigos, aunque, eso si, no permitía su escucha. Así lo conoció Loren Schoenberg, director del National Jazz Museum, quien desde 1980 trató por todos los medios de adquirirla. “Cada día durante 20 años le pedí que me dejara escucharla, pero nunca me lo permitió”, explicaría más tarde. Cuando Savory murió, Schoenberg contactó y negoció con su hijo Phillip, logrando por fin su cometido.

Personajes como Savory seguramente hay unos cuantos en el mundo del jazz, aunque la mayoría de sus colecciones han sido adquiridas por universidades, museos y fundaciones. Queda la colección de Paul Mawhinney en Pittsburgh, pero esta no es sólo de jazz sino de todo. Lo que pasa es que esta colección de discos, dos veces más grande que la Biblioteca del Congreso e inscrita en el Record Guiness, maneja unas cifras de infarto: ¡dos millones de artículos discográficos!, recopilados desde 1951, avaluados en 50 millones de dólares y que por culpa de la crisis económica está a la venta por U$ 3 millones.

¿La música latina maneja cifras semejantes? No y tampoco la música sinfónica, que podría. La música latina es muy especializada en términos de colección y quien colecciona tangos no colecciona salsa; aunque hubo una persona que se le acercó bastante a ambos géneros sin llegar a abarcarlos en totalidad: Cristóbal Díaz Ayala.

Cubano de nacimiento, puertorriqueño de adopción, Díaz Ayala es un erudito de la música que un buen día de 1965 (año más, año menos) se puso en la tarea titánica de buscar todo disco de música cubana que hubiese en San Juan, Nueva York y Miami. Ya tenía muchas joyas conseguidas en La Habana, por supuesto, así que no partió de cero, pero si llegó a amasar una “fortuna sonora” llevado por la pasión de la investigación histórica. Y es que según él mismo “si tu te encuentras un hacha o un instrumento ceremonial de los aborígenes del Caribe, tu tienes que interpretar lo que significa ese instrumento. Pero con el disco no hay eso, el disco habla por si solo. El disco en ese sentido tiene más valor histórico como evidencia que cualquier otro documento que tu tengas que interpretar”.

¿Pensaría Indiana Jones lo mismo? Quizás no, pero es evidente que el coleccionista de música es un arqueólogo moderno. Ir en busca de una grabación inédita de Daniel Santos equivale para muchos a la búsqueda del Santo Grial. Hay que llamar, preguntar, sondear el mercado, salir de viaje, ser recibido por tu contacto, ser conducido a una habitación o un trastero; hay que apartar la caja, llenarse de polvo, ensuciarse las manos, toser, toser y toser, encontrar, sacar, desempolvar, negociar a la baja con algún viejo truco y regresar a casa para iniciar el dispendioso proceso de clasificación.

Hacer eso con un solo disco no es nada, hacerlo con cien tampoco, hacerlo con mil ya es otro cantar, hacerlo con más ya te mete en la categoría de coleccionista. De ello puede dar fe el dj inglés Miles Cleret, quien creó en 2001 la casa discográfica Soundway Records luego de un viaje a Ghana que se extendió por dos años y que desató en él la fiebre por el coleccionismo de pequeños vinilos o acetatos (en el África subsahariana la inmensa mayoría de producciones son de discos de 45 rpm). Hoy en día Soundway es una de las firmas más respetadas del mundo discográfico afro-latino.

Las primeras producciones de esta casa ubicada en Richmond, al suroeste de Londres, fueron grabaciones curiosas de los años 70 en el país centroafricano. Pero pasó el tiempo y Cleret fue abriéndose hacia otras latitudes y surgió la serie Panamá!, excelente trabajo compilatorio de otro coleccionista, Roberto Gyemant, el popular Beto, que ya lleva tres ediciones. Y surgió Colombia!, álbum subtitulado The Golden Age of Discos Fuentes, porque la firma con sede en Medellín había monopolizado las grabaciones de la época que Cleret pretendía reflejar: 1960 a 1976. Evidentemente Cleret, Gyemant y, a lo mejor, otro colega suyo Quantic, pasaron de dj’s a coleccionistas-espeleólogos. ¿Porqué? Porque están enfermos de música.

El coleccionismo es una enfermedad, una fiebre que cuando ataca te impulsa a olvidarte de todo y ser capaz de bajarte de un avión e ir a la tienda de discos antes que al hotel, “no vaya a ser que cierren y tenga que esperar hasta después de almuerzo para poder ir”. La enfermedad física está representada por ácaros y resfriados que nunca se curan, y la enfermedad mental por actos impulsivos que te hacen meterte en sitios realmente peligrosos con un fajo de billetes entre el bolsillo. Un psiquiatra diría que es un trastorno del comportamiento, un síndrome tan claro y evidente como el de Diógenes. Peeero, hasta los psiquiatras se enferman.

Nuestro psiquiatra en cuestión se llama Raúl Reyes Roque y es toda una personalidad en Miami. Es musicalizador de obras de teatro, director de la Escuela de Radiodifusión en Español y también locutor de un programa en Ideal Radio. Tiene docenas de cilindros Edison de principios de siglo XX, cerca de 100.000 long plays y una cantidad indeterminada de discos de 78 rpm. Según otro gran coleccionista de Florida, Miguel Fanego, “El doctor Reyes Roque guarda la mayoría de sus discos en una habitación que incluye un ático tan abarrotado que es casi imposible la entrada. Él lo apoda La Cueva… Pues bien, tiene además otro cuarto al que apoda La Cuevita, pues sólo tiene 20.000 discos más”.

Lo de los cilindros, paso previo en la historia de la grabación a los discos de 78 rpm, fue uno de los intereses de Díaz Ayala también. Llegó a tener varios y muchas tarjetas de archivos de la RCA Victor, firma pionera en la discografía latinoamericana. A eso sumó fotografías, posters, libros, revistas, recortes, partituras, cintas, cassettes, programas de radio y vídeos. En suma, 100.000 piezas del mundo discográfico donde el plato fuerte estaba en sus 25.000 long plays y sus 16.000 discos de 78 rpm. Por eso alguna vez me dijo: “uno no colecciona discos, uno colecciona música”.

Claro, si manejas esas cantidades y no tienes una “Cueva” como Reyes Roque, la cosa es muy complicada. Díaz Ayala tuvo en su momento que alquilar un apartamento junto al suyo sólo para albergar la colección. Su esposa Marisa no podía más. Al final hizo lo que probablemente todos los grandes coleccionistas de hoy en día harán: donarla. En 2001 cedió a la Florida International University la que puede ser la discografía más importante que existe de música cubana y una de las más grandes de música latinoamericana en general. Además, una enciclopedia de 10 volúmenes sobre ella elaborada por el propio autor, y la posibilidad de que cada año un investigador trabaje en sus instalaciones en un tema que esté representado en la colección.

¿Tiene la salsa y solamente la salsa un coleccionista de semejante calibre?

En principio no porque la salsa es un producto nuevo si se compara con el bolero o el mambo. Valdría más hablar de música del Caribe en general y en esto si que hay algunos nombres en los que existe unanimidad. Pero como cada uno se ha especializado en una temática determinada, el listado es más sencillo de entender si se hace por ciudades:

En Nueva York está René López, el gran músico y musicólogo cuyo nombre está definitivamente asociado al Grupo Folklórico y Experimental Nuevayorquino. La especialidad de López es Arsenio Rodríguez. Y que nadie se llame a engaños, Arsenio es en si mismo una fuente inagotable de opciones discográficas. Sólo con versiones de los temas que compuso ya hay para establecer un mundo aparte. Y lo que él representó, el son montuno urbano, da para otra línea de colección paralela.

López es uno de los pocos músicos coleccionistas, pues al parecer esos son dos universos que casi nunca se cruzan. Su ventaja reside en que él vivió de cerca la evolución de las tiendas de discos de música latina en Nueva York, desde la vieja Casa Hernández (de la hermana del compositor Rafael Hernández) hasta la Casa Latina de Vicente y Cristina Barreiro, pasando por los famosos almacenes que regentaron en su momento Al Santiago, Sidney Siegel, Miguel Amadeo y Jesse Moskowitz.

Y así como López se ha especializado en Arsenio y nadie tiene más archivos de El Cieguito Maravilloso que él, nadie tiene más discos de Tito Puente que Joe Conzo y nadie tiene más de Tito Rodríguez que Harry Sepúlveda. Y aquí entendemos que no sólo se trata de los discos originales sino de las diferentes carátulas en ediciones de otros países, de los sencillos promocionales de 45 rpm y, a lo mejor, de algunas de las cintas originales de los estudios de grabación. En esto también es un peso pesado un barranquillero residente en Nueva York, Alex González, especializado en ritmos de la época de la pachanga. Y de la misma forma Henry Medina, especializado sólo en vídeos.

Pero el principal coleccionista de música latina que tiene la ciudad que vio nacer a la salsa es un caleño, Humberto Corredor.

Tras décadas después de haber puesto su conocimiento al servicio de casas discográficas históricas como SAR, Caimán y Cobo, Corredor sigue teniendo el reconocimiento de todos los coleccionistas como un verdadero ejemplo a seguir. En el sótano de su casa de Flushing, en Queens, guarda más de 40.000 long plays y posiblemente una cantidad similar de compact discs. Su especialidad es la Sonora Matancera y tal como se lo contó a su amigo Umberto Valverde en el portal Herencia Latina, de dicha afición viene el disco más caro que ha comprado (Champú de Cariño, a 300 dólares en los años 70) y la adquisición del catálogo matancero de un sello de los 40: Stinson Records, especializado en 33 1/3 rpm pero de 10 pulgadas.

Colombia en general es tierra fértil en coleccionistas. En Bogotá están Orlando Vargas, Hernando Gómez y Rubén Toledo (entre otros). En Barranquilla están Carlos Mayans Pacheco, con unos 15.000 long plays aproximadamente; y Gilberto Marenco Better, que cuando lo conocí guardaba sus tesoros en cajas debajo de la cama. En Cartagena está Mario Martínez Ballesteros, especializado en música cubana. Y en Cali, aunque hay unos cuantos con más de 10.000 piezas, llegando al doble de esta cifra destacan Isidoro Corkidi Yaffé (“donde una se pierde”, según Lil Rodríguez) y Toño Salcedo.

Sin embargo, como bien apunta el bogotano Rubén Darío Toledo, “hay muchísima gente y hasta muchos que no les gusta darse cartel. Son incógnitos pero bárbaros en esto de las colecciones”. A esta apreciación habría que sumar a un tipo de coleccionista que no busca abarcar todo sobre un género o un artista, sino “descrestar” con algo que nadie más tenga. Son los llamados Coleccionistas de Encuentros, felices concurrentes a las ferias de coleccionismo salsero que nacieron, precisamente, en Cali.

En 1991 Gary Domínguez, famoso por los cuadernos mimeografiados de la Taberna Latina, se inventó el Encuentro de Melómanos y Coleccionista de Salsa al amparo de la Feria de Cali. Desde el comienzo fue un momento ideal para ver y escuchar “joyas” salseras en forma de long plays; y como el culto a la salsa es tan fuerte en La Sultana del Valle, el evento hizo escuela. Hoy en día no se concibe la Feria sin el Encuentro, el cual ha derivado en sesiones anuales de participación colectiva para “refrescarlo” y, claro, en eventos similares en otras ciudades.

Se sabe que han existido y existen Encuentros de Coleccionistas en Queens, Manhattan, Bronx, Ponce y casi todas las principales ciudades colombianas desde Bogotá hasta Pasto (salvo en Barranquilla donde se hacen concursos). El de Manhattan llegó a convertirse en un festival internacional, aunque nació como feria en 2004, y fue una iniciativa del Caribbean Cultural Center bajo la coordinación en ese entonces de Manuel Jaimes y, cómo no, de Gary Domínguez.

Hijo del famoso centrocampista del América de Cali, Edgar Mallarino, Gary heredó de su padre una colección de boleros y tangos, y allí nació la melomanía y la enfermedad. Sus períodos de residencia en New Jersey y San Juan ayudaron a darle forma a los Encuentros de Coleccionistas en Nueva York y en Loiza Aldea. Pero a Gary no lo mueve conseguir más, ni “descrestar”. Lo que le interesa es que todos estos cazadores de joyas musicales del Caribe se conozcan entre si y den a conocer sus productos escondidos al lego y al aprendiz.

Al respecto contaba César Pagano en el portal Salsavice de Ning: “Conozco una placa de grabación única donde a Pedro Vargas se le olvida la letra al cantar Valencia de Agustín Lara en vivo en una emisora de La Habana, y debe recomenzar la pieza musical con el radioteatro lleno de público. Muchos quisiéramos haberla comprado, empezando por el mismo artista sorprendido en error, pero el gran coleccionista Neno Sánchez se murió sin venderla”.

La labor de Gary, mecenas sin dinero en un mundo de pujas y regateos, es para quitarse el sombrero. De sus ideas han nacido 40 asociaciones de coleccionistas en el occidente colombiano. Y cada vez que organiza un evento, la convocatoria llega a más de 3.000 coleccionistas ávidos de poner su grano de arena. Eso si, siempre hay alguna excepción como Lisímaco Paz, a la altura de Corkidi y Salcedo, pero renuente a asistir a estos encuentros.

¿Y qué pasa en otros países? Bueno, hay verdaderos cracks del coleccionismo.

Uno de ellos es el puertorriqueño Roberto Padilla Viera, cuya colección ha servido para que las compañías que han llevado Fania Records en los últimos años (léase Emusica y Código Music) puedan reorganizar y remasterizar sus catálogos. Otro es el cubano radicado en Miami Miguel Fanego, cuya colección es, podríamos decir, de música hispana, pues abarca géneros románticos y de canción desde la vieja trova hasta el bolero, pasando lógicamente por la balada (un caso parecido al del ecuatoriano Carlos Wong Silva).

A Fanego lo han visitado miembros de la realeza europea en busca de discos que alimenten sus colecciones particulares. Un día puso a la venta en eBay un disco de boogaloo de Joe Papy que tenía repetido. “Se vendió por 750 dólares, que no es un récord, cuenta Fanego, pero creo que sí en este disco en particular. Lo gracioso es que el comprador, un príncipe italiano, me especificó que lo necesitaba en menos de tres días para una fiesta. Al yo decirle que no tenía control del correo, envió su jet privado acá en Miami a recogerlo al día siguiente”.

En España, para ser más exactos en San Lorenzo del Escorial, se encuentra Alejandra Fierro Eleta, la cuota femenina de este mundo habitualmente reservado para hombres. Su colección discográfica (porque tiene además un montón de entrevistas y muchísimos programas radiales emitidos en Radio Gladys Palmera) está dividida en cd’s y lp’s. Los compact discs pueden llegar a ser 25.000 fácilmente y los long plays ya han superado con creces la barrera de los 15.000. ¿Su especialidad? Varias, pero especialmente las divas latinoamericanas, esas grandes voces de mujeres que dejaron grabaciones cada vez más valoradas como Olga Guillot, Toña La Negra o Lady Soto.

De todas maneras hay muchos mitos y leyendas en todo esto. Dicen que el coleccionista mas grande de salsa es un africano, pero nadie recuerda su nombre. A quien si recuerdan todos es a Matt Dillon.

Al protagonista de Singles y Crash (y que anuncia un próximo filme sobre Fellove), le viene la afición por la música afrocubana desde su infancia en Nueva Rochelle y en el West New York de New Jersey. Su principal inclinación, quizás influenciado por su amigo René López, es Arsenio Rodríguez, del que se dice tiene todo en 78 rpm. La colección de long plays del actor se amplía, eso si, a la vieja música cubana y los orígenes de la MPB y el latin jazz brasileño. Su colección es considerada la más grande en música cubana que hay en la costa oeste norteamericana.

En una entrevista para el magazine Men’s Health Dillon declaró que buscar y coleccionar viejos vinilos o acetatos, especialmente los de 78 rpm, es una tarea masoquista. El actor se refería a ese Indiana Jones de la música que todos los coleccionistas llevan por dentro. Se sufre y se goza al mismo tiempo. El polvo y el cansancio del viaje y el dolor en la espalda no importan. ¡So Caballo!, de Arsenio, está ahí, conseguido, valió la pena.

Parecería con ello que los miembros de este club selecto huyen de Internet, pero no es así. eBay o mercadolibre son sitios ideales para ellos. Quizás, a diferencia de lo que piensa Dani Cabezas en su blog Entrada Gratuita, de lo que se huye es de plataformas como Spotify porque ellas cada vez están más lejos de tener lo que les gusta, que es especial y único… su motivo de orgullo.

 

José Arteaga.

 

Muchas gracias por sus historias, opiniones, sugerencias y pistas a: Alejandra Fierro, Beto Gyemant, Cristóbal Díaz Ayala, Gary Domínguez, Isidoro Corkidi, Lil Rodríguez, Miguel Fanego, Oscar Cardozo Estrada, Rubén Darío Toledo y Sergio Santana.