Para los eminentes y talentosos juglares, señores Willie Colón e Ismael Miranda, con quienes, en su última visita el pasado 26 de agosto al Perú, sostuviéramos una interminable tertulia, amén de manifestarles su invalorable aporte a este género, hoy convertidos en íconos vivientes encima de la línea ecuatorial del sabor. Muchas gracias por su contribución”.

 

Por: Luis Delgado-Aparicio Porta (www.mambo-inn.com)

Las crónicas y los libros de la época de la colonia han referido el carácter vulgar, inmoral y satanizante que, supuestamente, tenían los bailes y ritmos de los negros. (“La Africanía en América”, “Lo Mágico Religioso en el Trópico” y “La Etnomusicología y el Sabor”, en esta página web). Desde entonces primaron los enfoques de este tipo, la mirada desde fuera y no una aproximación desde su naturaleza misma. La similitud ocurrió con otras disciplinas, como la literatura, que si no obedecía y se ajustaba a la preceptiva europea, no era llamada así. Hasta principios de la década del ochenta la música afrolatinacaribeñamericana apreciada en los barrios populares, tenía en nuestro medio la misma distorsionada observación.

El cantante cubano Miguelito Valdés contó en cierta ocasión que los negros percusionistas, por tener labios generosos y pelos hervidos, no podían tocar, a veces, de cara al público. Tenían que repicar sus cueros en “segunda fila” y Mr. Babalú se sentía huérfano de ruido. De la anécdota citada se plantea una paradoja, que quienes critican a esta música en el fondo gustan de ella o no pueden sustraerse a su sandunga. Umberto Eco en su libro Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas sugiere una idea similar al referirse a la canción popular. Los versos de Palés Matos son más rotundos todavía: “¡Ahí vienen los tambores!/ Ten cuidado, hombre blanco, que a tí llegan/ Para clavarte su aguijón de música/.../ Que si en la torva noche de Nigricia/ Te picara un tambor de danza o guerra,/ Su terrible ponzoña/ correrá para siempre por tus venas”.

Quienes se sorprenden que figuras de la literatura de nuestro continente como Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Luis Rafael Sánchez y Carlos Monsivais se refieren a la música afrolatinacaribeñamericana, no entienden que no sólo se trata de sonidos esparcidos por todo el mundo y grabados en el subconsciente de varias generaciones, sino de una amplia producción cultural, cuya incidencia en la literatura, es el lei motiv de este artículo. Por ello la etnografía primero y la etnomusicología después, nos permitieron conocer el estudio de las razas y los pueblos y luego sus diferentes aspectos, en especial, la música.

Tomando como eje central las publicaciones periódicas en Cuba desde 1812 a 1902, la música colonial que tenía las influencias de la contradanza española, recibe el aporte del criollo, negro o mulato que le imprime a los ritmos ibéricos su aporte de instrumentos y ese ingrediente mágico que es el sabor, tan propio de las etnias que habían llegado con la esclavitud, y en cuyos cabildos de nación, dieron rienda suelta a su esparcimiento luego de las durísimas faenas en ingenios azucareros y plantaciones de tabaco.

Ha sido doña Zoila Lapique Becali en su excepcional libro La Música Colonial Cubana, la encargada de recopilar las publicaciones a lo largo del siglo XIX. Si los lugares de mayor auge fueron La Habana y Matanzas, la riquísima bibliografía data desde El Filarmónico Mensual de 1812 hasta La Gaceta Musical, publicada en 1901. Por otro lado, es muy saludable recordar que en Madrid, don Sebastián Iradier presenta “La Paloma” como una contradanza y en 1856 la estrena en Cuba llamándola “Habanera”. Luego vendría el danzón de Miguel de Failde, “Las Alturas de Simpson” en 1879 y seis años después el tema “Tristezas”, el primer bolero escrito por Pepe Sánchez quien lo modifica del aire español de 3x4 y lo hace más lento, en compás binario de 2x4, hasta la actualidad. Los documentos de la época son fundamentales para poder entender la complejidad de la misma y como el proceso de transculturación sirvió para poder tener, hasta la actualidad, con el Son y la Rumba, el sentimiento negro metido en el alma.

En Puerto Rico la copla virgen hispánica fue llevada por los colonizadores y poco a poco se fue moldeando en boca de los campesinos de la Isla, hasta como bien señala don Cesáreo Rosa Nieves en su Voz Folklórica de Puerto Rico “conseguir el color local, empapándose de verde y de paisaje, de cielo azul, de luna y de emagajaguas”. Del romance del siglo XVIII, que se fue prosificando se conserva un breve legado de la fábula, “y algún raquítico fragmento metrificado en el octosílabo tradicional” (Walter Starkie, 2 de Julio de i967, en Los Ángeles, California).

Cultivaron ellos una forma de poesía que denominaron “areíto”, compuesta en lengua Taína, cantados es sus bateyes y plazoletas según Salvador Brau en su Historia de Puerto Rico en 1904. Luego llegó el “canto triste o décimas y aguinaldos”, para derivar en La Copla, Rimas, Cantares y La Bomba, esa manifestación recogido de la tradición oral característico de Punta de Santiago y Humacao, que luego derivan en el Corrillo, que consta de una serie de versos “casi siempre en cuartetos de octosílabos con un estribillo muy vulgar”. Luego la Décima y la Decimilla, quien según Cesáreo Rosa Nieves “no solamente la cultivaron los jíbaros sino los poetas cultos como Pedro Carrasquillo, Juan Antonio Corretjer y Luis Lloréns Torres. Luego el Cuento Popular y La Plena, son según María Cadilla de Martínez, en sus Raíces de la Tierra, publicada en Arecibo en 1941, que “logran en la pantalla encendida de la imaginación del pueblo y en poética caravana, distinguir las figuraciones líricas de profunda reminiscencias, que despiertan el recuerdo de un hermoso pasado” (páginas 241 a 242).

Una mención aparte merece el extraordinario trabajo de don Manuel Álvarez Nazario, Rector de la Universidad de Mayagüez, en Puerto Rico. En El Elemento Afronegroide en el Español de Puerto Rico, su libro obedece a dejar para la posteridad la huella que ha dejado el esclavo de antaño. Desde la procedencia de los negros ladinos y bozales, al hablar del horro, su léxico afro, la tierra, flora y fauna, junto a la comida, dulcería, las supersticiones, la música y el baile, esta publicación es un verdadero manjar para el conocimiento. El 18 de abril de 1991 el Premio Príncipe de Asturias, bajo la presidencia de don Camilo José Cela, Premio Nóbel de Literatura en 1989, se le entregó a Puerto Rico por renovar el castellano como su lengua. Recibieron el premio el Gobernador Hernández Colón y el Presidente de la Academia de la Lengua, don Manuel Álvarez Nazario, prestigioso intelectual y cuyo aporte es invalorable.

Es muy importante La Historia Cultural de Puerto Rico (1493 – 1968) de don Eugenio Fernández Méndez. En su segundo viaje don Cristóbal Colón descubrió “las aguadas”, donde hoy queda el pueblo de Aguada, que siendo el puerto por donde pasaba la correspondencia en el siglo XVIII hacia Venezuela, es la tierra de Ismael Miranda, nuestro dilecto amigo que acaba de estar en Lima. En nuestra larga conversación en su Hotel con el Director de esta página, don Enrique Vigil Taboada examinamos toda su extensión, pasando de la música a la comida, las costumbres y su aporte. En la mesa de al lado, Willie Colón con toda su Orquesta nos recibió luego y para suerte nuestra, nos acompaño su pianista, el maestro Lucho Cueto del Perú.

Volviendo al tema que nos ocupa, cuando se escribió para esta web “El Discurso Fenomenológico del Bolero” tuvimos oportunidad de mencionar diversos trabajos. Sin embargo, hay que resaltar que en Colombia el señor Jaime Rico Salazar en su monumental estudio sobre “el Bolero” y sus variantes, hace un fantástico aporte. Lo último que se ha hecho sobre el tema es del autor cubano Tony Évora, nacido en La Habana en 1937 y quién en El Libro del Bolero logra examinar ¿qué es el bolero?, los países que lo cultivan, solistas, dúos, tríos cuartetos, completado con una clasificación sociológica sobre el significado de cada uno de ellos y como se incardinan en el romancero popular.

Por otro lado debemos referirnos las Antillas Mayores ya que, en los últimos años, han aparecido diversos opúsculos que estudian la música y sus concomitancias transversales. Una monumental obra de Louis A. Pérez Identidad, Nacionalidad y Cultura en Cuba, es en sus 450 páginas una investigación con los orígenes en el desarrollo de las ciudades y del carácter de los cubanos. Tiene pasajes que son una delicia respecto al desenvolvimiento desde sus inicios, patrones, Independencia, conflictos culturales y otros.

En la República Dominicana, cuyo bastión lo estudiamos para esta web en “Elocubraciones sobre el Merengue”, hay que remontarnos a 1840 cuando Juan Bautista Alfonseca Baris lo incorpora en 1840. La expulsión de los Haitianos cuatro años después, reactivó la diversión mundana. Con la asunción del Presidente Buenaventura Baez tomó gran auge, convirtiéndose “la música en una especie de obsesión colectiva gracias a las mejoras económicas y la mayor apertura y tolerancia pública, devolviendo vigencia a la medialuna, galerón, zapateo, punto y llanto, sarambo, guayubin y el baile de la culebra”, según Carlos Batista Matos en su Historia y Evolución del Merengue, un magnífico aporte de 347 páginas que con gran lujo de detalles describe todo el inmenso aporte cultural.

Con el Teatro Independencia, inaugurado el 24 de diciembre de 1913, el Teatro Capitolio que abrió el 9 de julio de 1925, el Teatro Encanto, cuyo propietario fue Alberto Perdomo y en formato también de cine, abre sus puertas el 7 de julio de 1932. Luego seguirían el Rialto, Julia, Olimpia hasta la Concha Acústica del Palacio, ubicada en la Avenida San Martín y esquina con Lope de Vega, en la carretera Duarte, los que servirían para engrandecer el ambiente cultural y el nacimiento de las instituciones, tal como se detalla en Vida Musical, de Arístides Incháustegui y Blanca Delgado Malagon, un estudio de 509 páginas publicado por el Banco de Reservas de la República Dominicana en Santo Domingo, 1998.

En las primeras décadas del pasado siglo veinte el grupo “Minorista”! propone en Cuba una revaloración del negro. En la música destacaron Alejandro García Caturla (“La rumba”, movimiento sinfónico con voz solista) y Amadeo Roldán (suite de “La rebambaramba”) que elaboraron “música clásica” basada en el folclor afrocubano. Alejo Carpentier dedica a ambos un capítulo de su libro La música en Cuba de 1946. Mientras tanto, en Puerto Rico, la música arrabalera de los negritos del Combo de Cortijo penetra, desde 1954, en los selectos salones con la Bomba y la Plena y así queda demostrada la fuerza de este género musical.

Con la música que examinamos en este trabajo ha ocurrido un fenómeno de transvaloración que Fernando Ortiz (al citar a Marett y su obra “Psychology and folklore”) señala se da en dos direcciones, horizontal y vertical. En la primera, llamada metalepsis, lo que cambia es el sentido; en la segunda, conocida como metástasis, se da un cambio de posición o rango. Al referirnos al Dr. Ortiz, el sabio cubano ha dejado su trilogía de libros sobre el negro y obras gloriosas como Los Instrumentos de la Música Cubana (en cinco tomos), y su famosos Contrapunto entre el Tabaco y el Azúcar, junto a una veintena de libros que, para nosotros, son sagrados ya que explican la cosmogonía afro – caribeña en toda su extensión.

En su interesante ensayo Idolos populares y literatura en América Latina”, Carlos Monsiváis señala: “A lo largo del siglo se produce en América Latina una importante operación literaria, ideológica y social de la cual muchos de los límites y de las barreras impuestas por la así llamada “alta cultura” –la representación de lo mejor de Occidente- se derrumban, y una serie de factores considerados “vulgares, de mal gusto, indignos del mínimo aprecio”, ocupan un sitio fundamental en las determinaciones culturales”. En este proceso, los ídolos –de Carlos Gardel a Jorge Negrete, de Agustín Lara a Daniel Santos, de Celia Cruz a Rubén Blades, de Willie Colón y Héctor Lavoe así como de Ismael Miranda y Larry Harlow, con la Sonora Ponceña y el Gran Combo de Puerto Rico (...)- son elementos catalizadores de primer orden. Hay un replanteo del concepto de “cultura” y se cuestiona la acostumbrada división de “alta cultura” y “cultura popular”, a través del llamado post-modernismo.

Recuerdo así, que mi amigo Jesús “Chucho” Valdés, director del grupo “Irakere”, suele decir: “Más vale una pieza popular bien tocada que una sinfonía de Beethoven mal ejecutada. La música es buena o mala”. Sin embargo, como lo señalé en nuestro ensayo “Clave de sol/ son mayor”, que aparece en esta página web, a nuestro modo de ver son dos las experiencias que más influyen para que la música afrolatinacaribeñamericana se haga práctica de literatos. Una es la lírica urbana de Rubén Blades; la otra, la novela Tres Tristes Tigres de Guillermo Cabrera Infante. Ocurre también que no siempre se da la atención debida a las letras de esta música y cuando se reconoce su calidad se sorprenden los escritores e intelectuales. Los boleros son un buen ejemplo y tienen relación con el modernismo, como lo planteáramos en un artículo anterior publicado en este sitio (“El Discurso Fenomenológico del Bolero”).

POESÍA

Las figuras representativas son: el cubano Nicolás Guillén y el boricua Palés Matos. Guillén es el Poeta Nacional de su país y se baso en el Son, ritmo popular, para elaborar una poesía de vanguardia que halló aliento en las herencias afrohispanicoamericanas. Se crió oyendo los sones de Ignacio Piñeiro y Miguel Matamoros y sus libros más importantes son los que incorporan la música cubana a su ámbito estético con el que tiene fuerte relación. Sus libros principales son Motivos de son (1930) y Sóngoro Cosongo (1931). En su poesía el negro se mira a sí mismo, sugiere su visión del mundo y da cuenta de sus bailes y su exuberancia verbal y “jitanjáforas” que Alfonso Reyes ha tratado debidamente y que están presentes, igualmente, en diversas canciones como las que ejecutaba Ismael Rivera “El sonero mayor”.

Al respecto en su ensayo “Transculturación y mestizaje en Nicolás Guillén”, escribe Nancy Morejón: “En la misma tradición martiana, Nicolás Guillén se inserta en la historia literaria hispánica con los mismos bríos fundadores del autor de Nuestra América. Su apego a los clásicos leídos en el seno familiar por vía paterna determina uno de los procesos más legítimos de ingenio y creación en nuestra lengua”. En su obra se da una transculturación de la lengua española que mediante el poema-son se hace auténticamente cubana. Cabe agregar que Samuel Feijóo en su libro El son cubano: poesía general, estudia la estructura literaria del son y su devenir desde el primigenio “Son de la má Teodora” (siglo XVI) a Nicolás Guillén.

Reconocido por su labor novelística y su afición a la música, Alejo Carpentier escribió también poema sobre esta música, como Manita en el suelo y su gran trabajo La Música en Cuba. No podemos obviar los poemas Rumba de José Zacarías Tallet y Bailarina de rumba de Ramón Guirao. El otro poeta representativo es Luis Palés Matos, autor de Tun tún de pasa y grifería. Poemas anfroantillanos de 1937. El estudioso Guillermo de Torre le dedica un personal ensayo en su libro Tres conceptos de literatura hispanoamericana, donde señala: “Al acertar a estilizar un mundo ambiental parecido, pero distinto al de su realidad criolla, lo mitificó, le dio una categoría estética superior y una proyección rigurosamente personal”. En el autor de Tambores, Mulata-Antillana y Preludio en boricua, la música, los cueros, las liturgias negras y la plena, son presencias vivas.

De los testimonios coloniales, preferimos el de Mateo Rosas de Oquendo, que en su Sátira a las cosas que pasan en el Pirú 1598 que dio cuenta de variados ritmos de origen negro pero acriollados en estas tierras y que seducían a las limeñas. Dice Rosas con su vena desatada: “...Pues pensar que no se alteran los hombres con estos bailes/ es pensar que son de piedra/ y que tienen muerta la carne”. O sea, como diría Celia Cruz: “nadie se salva de la rumba”, en virtuosa colaboración con Ray Barretto y Adalberto Santiago.


NARRATIVA


Es Rubén Blades con su salsa narrativa quien convoca, en forma decidida, a las otras artes, siendo desde Metiendo Mano, Siembra, Canción de los Aburridos y su Maestra Vida I y II, junto con Willie Colón, así como sus posteriores célebres trabajos que le han hecho merecedor de infinidad de premios, quien dio un giro de 180° grados con los conceptos de su lírica, la que sale del barrio para invadir la urbe. Recordamos, precisamente, que en una entrevista televisada Mario Vargas Llosa nos manifestó su sorpresa por el hecho de que un artista popular conociera tan bien la literatura latinoamericana. Incluso, García Márquez dijo que a él le hubiera gustado escribir la historia de “Pedro Navaja”.

Una serie de autores han hecho narrativa basados en este género musical. Alejo Carpentier, a pesar de su formación cartesiana, refiere en sus obras situaciones de la música cubana. Es notable lo que señala en La Consagración de la Primavera, al referirse a la profesora alemana que estudiaba pedagogía musical y que, ante el problema de llevar a la partitura la música cubana, lo cual le era –lo confesaba- terriblemente difícil, le dijo al protagonista: “Es que entre lo que puede escribirse y lo que se oye hay un tercer elemento inapresable; un Décalage, debido a la inventiva del ejecutante”. Aquí reside su encanto que sumado al sabor que se le imprime y que no figura en el pentagrama es el secreto de este género.

Sin embargo, la práctica narrativa como exploración antropológica responde a que se está considerando que los fenómenos artísticos de determinada especialidad no están aislados, sino que guardan relación unos con otros. Por ejemplo, el cubano Miguel Barnet, conocedor del folclor de su país, publicó la novela-testimonio Biografía de un cimarrón y Canción de Rachel. En esta última reconstruye la “Belle epoque” habanera y los espectáculos populares que en forma de revista musical presentaban lugares como el Alhambra, una de las máximas expresiones del teatro bufo cubano.

También hay que resaltar Los Reyes del Mambo tocan canciones de Amor de Oscar Hijuelos, que fuera Premio Pulitzer. De la misma novela hay una película que ha ilustrado la historia de los hermanos Castillo en su llegada a Nueva York y la evolución del género. Con las actuaciones de la señora Celia Cruz, Tito Puente, Antonio Banderas y Armand Assante, la cinta tiene el inmenso valor de retratar una época gloriosa y dejar para el futuro su aporte valioso. Sobre el tema ya se sabe que está por estrenarse La Ciudad Perdida, del actor cubano Andy García, con libretos de Guillermo Cabrera Infante (CAÍN), que seguramente nos deslumbrará, ya que recoge fidedignamente lo que pasó en La Habana entre las décadas del cuarenta y cincuenta.

Es el narrador boricua Edgardo Rodríguez Juliá uno de los que más ambiente y sentimiento le imprime a la música popular con su novela-testimonio El entierro de Cortijo. En ella da cuenta de las emociones más variadas, monólogos y diálogos de recuerdo y de dolor, llanto y consternación que derivan casi paralelamente en un rumbón de barrio pobre, con la radio y la televisión que dan cuenta de los funerales del tamborero que hizo el folclor jíbaro un estandarte de identidad. Luego publica Una Noche con Iris Chacón. Ni que decir de Luis Rafael Sánchez recordando primero a Daniel Santos y luego una reflexión sobre “Devórame otra vez”.

Otra novela importante es Bolero, del cubano Lisandro Otero. En el nombre de vaivén del ritmo romántico, se presenta la vida y desventura del más grande sonero que fue Benny Moré, aunque figure en el libro con otro nombre. Son notables, sobre todo, las páginas que específicamente se refieren a la pasión, la nocturnidad, las analogías con el vaudeville y las bambalinas y su correcta descripción de los hechos que caracterizan a la música afroantillana.

El colombiano Manuel Zapata Olivella es autor de una voluminosa novela titulada Changó, el gran putas, ubicada más en la exploración antropológica y del mundo mágico de los cultos de origen lucumí que en su transculturación afroantillana, dando origen a la santería, que es el sincretismo místico africano con el catolicismo. Dos narradores de Cali han publicado también novelas sobre la materia. El primero, Umberto Valverde, llegó a Lima hace unos años como relacionista público de un equipo de fútbol y en su libro de cuentos Bomba Camará presenta la vida y la música en un barrio popular. Sin embargo, su libro consagratorio es Celia Cruz Reina Rumba y que en su edición mexicana trae una carta prólogo de Cabrera Infante. El otro narrador caleño fue Andrés Caicedo, que en los setentas publicó Qué viva la música. Es la historia de los jóvenes de Cali que de muy aficionados al rock se convierten en fervientes seguidores de la música afroantillana. Desde Medellín, Colombia, el sociólogo don Fabio Betancourt ha escrito Sin Clave y Bongó no hay Son, un verdadero pionero en la búsqueda de las raíces de la música popular en el ámbito del Caribe que realmente apasiona y encanta. Dividido en cinco partes, fue editado por la Universidad de Antioquia.

El libro que mejor da cuenta de los entretelones de la música afrocubana, de su diario transcurrir, su atmósfera y su espectáculo es, sin dudas, Tres Tristes Tigres, escrito en cubano de Guillermo Cabrera Infante. Los críticos y sus estudiosos han alabado su talento literario, pero pocos han reparado en la fuerza de las referencias musicales que están muy presentes en esta novela. Una de las partes más efectivas es la de la obesa cantante negra en “Ella cantaba boleros”. De las distintas etnias llegadas a América, la más importante es la lucumí del panteón Yoruba y cuyo Vocabulario Anagó lo estudió con prolijidad doña Lydia Cabrera. Ella escribió sobre la etnografía en Cuba una serie de tratados que abarcan desde Los Cuentos Negros, escrito en París hasta su monumental obra El Monte y las que estudian las diferentes reglas o cultos afrocubanos como La Sociedad Secreta Abakua y Yemaya (la Virgen de Regla) Ochún (la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba), y cuyo aporte ha sido de un incalculable valor para conocer el devenir del ébano, negro, mulato o melanodermo desde que llegaron al Nuevo Mundo. Como colofón, en 1986 el premio Nóbel de Literatura le fue otorgado, por primera vez a un escritor africano, el señor Wole Soyinka, de Nigeria.

Hace veinte y ocho se editó en Venezuela: Crónica de la música del Caribe urbano: El libro de la salsa de César Miguel Rondón, que constituyo el ABC del naciente movimiento, esa atmósfera que ha cautivado a cientos de millones. En el mismo se detalla minuciosamente lo orígenes de este apasionante ritmo, logrando reunir la mayor información al respecto. Tuvo el inmenso mérito de haber examinado con minuciosidad sus inicios, desarrollo, la forma como se acuño el término y otras inquietudes para el melómano. Fue esperada durante décadas una reedición, siendo los originales vendidos en mercados mundiales de los coleccionistas hasta en $300.00 dólares el ejemplar original.

Felizmente hace un par de años se animó a reeditar en una edición de lujo lo que tiene que ser, sin menoscabo de su aporte, la “Biblia de la Salsa”. Agregando nuevos capítulos y fotos inéditas, constituye un “tomazo” de sabiduría y conocimiento al respecto. El Director de esta página web lo recibió de manos del autor, teniendo además una sincera dedicatoria de César Miguel Rondón para el señor Enrique Vigil Taboada, quizás la única edición que hay en el Perú.

En nuestro artículo publicado en esta web: “Encuentro entre dos culturas”, pudimos ilustrarlo con el muy significativo aporte del libro de Raúl Fernández, quien bajo los auspicios del prestigioso Museo Smithsonian Institute editaron: The Perfect Combination/La Combinación Perfecta: LATIN JAZZ, una enriquecedora visión de lo que Machito y Mario Bauzá llamaron “el matrimonio perfecto”, entre lo Afrocubano y el Jazz. En sus 143 páginas bilingües esta reunida una valiosa información que acompañado por las mejores fotografías, es un tesoro para una biblioteca que se considere.

Desde la otra orilla, Leonardo Acosta publica Un Siglo de Jazz en Cuba, en cuyos nueve (9) capítulos se desarrolla sistemáticamente toda la evolución musicológica del género que hoy apasiona. Con prólogo del poeta y escritor Colombiano, don Miguel Iriarte, es otro gran aporte del músico saxofonista, escritor e historiador cubano, aquel que nos deleitara con Elige tu que canto yo y su sabrosa Descarga Cubana. Desde 1998 forma parte del Comité Asesor del American Jazz Heritage, del Smithsonian Institution.

Un verdadero tesoro es Mambo Kingdom: Latin Music in New York (2002), del célebre periodista e historiador Max Salazar. Desde 1973 a 1976 sus artículos en la Revista Latin New York hicieron escuela y fueron matriz necesaria para envolver el germen musical que empezaba. Desde 1990 escribe para Latin Beat, la publicación que se edita en Los Ángeles, California por Rudy Mangual y donde también contribuye nuestro compatriota Guido Herrera-Yance. En otra vertiente de su genio Max Salazar tuvo desde 1974 a 1990 un show de Radio en WCKR en Nueva York, habiendo también contribuido con publicaciones en las conocidas Melody Maker, Mira, Clave, Latin Times y Village Voice.

Su renombrado libro estudia en sus 300 páginas los momentos estelares desde los inicios de la música latina en Nueva York, y a personajes como Rafael Hernández, Noro Morales, Tito Rodríguez, Tito Puente, Vicentico, Santos Colón, Charlie Palmieri, Willie Rosario y los orígenes de la Salsa con Jerry Masucci, a Héctor Lavoe con Willie Colón y dos templos del baile: el Palladium de Maxwell Hyman en Broadway en la década del cuarenta y El Corso, de Tony Raimone en el barrio italiano en la década del 70, entre otros capítulos que nos hacen retroceder en el glorioso tiempo del pasado.

Llegamos a una investigación que es de máxima erudición; Cuban Fire: The Story of Salsa and Latin Jazz de Isabelle Leymarie (2002) el mismo que desde las raíces criollas, el surgir de los diversos ritmos, Cuba, Puerto Rico y Nueva York, empieza en 1920 y con una maestría admirable nos lleva de la mano hasta 1960 en todo el fantástico aporte que hoy se conoce. Luego nos describe lo sucedido hasta el día de hoy, basamento indispensable que nos permitió aprender sobre Machito y Bauza y publicar “Sopa de Pichón” en esta web. La autora que es pianista y musicóloga, enseña en Universidades Europeas y Norteamericanas estos incandescentes ritmos que han africanizado al mundo.

En el 2003 apareció Faces of Salsa del escritor cubano Leonardo Padura Fuentes, ilustrando la publicación en su carátula al maestro Willie Cólón con su instrumento. Son una serie de conversaciones que el sostuvo con Mario Bauzá, Willie Colón, Johnny Pacheco, Cachao López, Papo Lucca, Adalberto Álvarez, Juan Luis Guerra, hasta lograr encuadernar con la tangencia de la Salsa junto con Radamés Giro.

Siguen las producciones y en el 2004 un escritor y productor musical, Ned Sublette lanza exitosamente Cuba and its Music: *desde el primer tambor al mambo* como su primer tomo de 672 páginas. Es laudable el trabajo de investigación y análisis que sorprenden por su rigor intelectual: Dividido en Siete (7) partes, son las mismas un delicioso “pecado musical” de un inmenso valor para comprender el aporte cubano al mundo.

Hasta que tenía que llegar el momento cumbre esperado por quienes estudiamos su significado y pudimos visitar en dos distintos viajes el “Paraíso bajo las Estrellas” en La Habana, Cuba. Escrito por Rosa Lowenger con Ofelia Fox, la honorable viuda de Martín Fox, el dueño del cabaret, hacen de Tropicana Nights un viaje al pasado que nos recuerda cuando de niños leíamos la Lámpara de Aladino o los cuentos de Julio Verne, sin embargo el libro a que nos referimos es la palmaria verdad de lo que sucedió entre desde 1933 en lo que se llamo “Villa Mina” y luego desde 1944 el Tropicana. Sus páginas encierran un relato que la autora consigue de la señora Fox en una especie de psicoanálisis musical que uno no lo puede dejar. La cantidad de información es apasionante y en sus 440 páginas hay arte, saoco y sandunga.

Finalmente nos referiremos las últimas publicaciones que retratan la vida de grandes intérpretes. En su libro Steven Loza, Recordando al Rey del Timbal hay una profusa información con otro libro Mambo King que se escribió al alimón sobre “El Rey” bajo la autoría de Jim Payne. Hay uno autobiográfico de Celia Cruz que ella le dictó a la periodista mejicana Ana María Raymond, con prólogo de la gran escritora afroamericana, Maya Angelou. Otro sobre “La Reina Rumba”, como escribiera sobre ella el gran periodista colombiana Humberto Valverde es la Biografía de Celia: Azúcar, de Eduardo Marceles y donde por primera vez aparece su Partida de Nacimiento.

Los dejamos con dos libros que son espinas, llanto y dolor. Uno describe ¡La Desmitificación de una Diva: La Lupe de Juan A. Moreno Velásquez, su carrera y su triste final. El otro ya está en su segunda edición y es: Cada Cabeza es un Mundo de Jaime Torres Torres. Del estudio riguroso de ámbos libros obtuvimos mucha información para escribir en esta página web “Dos Ídolos / Dos Tragedias”. Una fue ¡¡¡La Yí Yí Yí!!! él otro “El Cantante de los Cantantes”, Héctor Lavoe, personajes de antología y cuyas canciones son baluartes del barrio y el sentimiento en toda América Latina .

Todos estos libros citados, tienen música dentro y su lectura es para los interesados la fuente de donde se bebe el conocimiento de un género, lo afrolatinocarubeñoamericano. Este sentimiento que tiene embelesada a la humanidad con su ritmo y su sabor y del que nos sentimos orgullosos de haberlo estudiado y coleccionado sus producciones, es un verdadero aporte del que se ha beneficiado la humanidad.


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